lunes, 10 de julio de 2017

FILMOTECA CLÁSICA... "ROBIN DE LOS BOSQUES" (1938) MICHAEL CURTIZ


Este es sin duda uno de los títulos preferidos por los seguidores del cine de aventuras y uno de los mayores exponentes de “capa y espada”. Contiene todos los ingredientes sobre los que se construyó el género llevados a la perfección técnica y artística, creando una influencia directa sobre el resto de títulos posteriores. Si además añadimos el irresistible encanto de sus protagonistas, el magnífico uso del color, la ambientación y tratamiento de la historia, tenemos un filme redondo que nos traslada a un cuento medieval teñido de mágico romanticismo que lo eleva a leyenda.


La historia del arquero de Sherwood que lucha a favor del Rey Ricardo en contra de su pérfido hermano, el Príncipe Juan, fue uno de los temas favoritos de la pantalla desde los albores del cine mudo. Antes del filme de Curtiz, existía un ilustre precedente,  “Robín de los Bosques” (1922) de Allan Dwan, protagonizado por Douglas Fairbanks el aventurero por antonomasia de la etapa silente. La interpretación del personaje llevada a cabo por Fairbanks era un referente muy querido para el público. Sin embargo la encarnación de Errol Flynn borró de un plumazo su recuerdo. La apostura, dinamismo y frescura interpretativa del actor australiano causó impacto en las pantallas de todo el mundo, su aparición sobre un árbol con calzas verdes, bigote perfilado enmarcando una pícara sonrisa y arco en mano, marcó toda una época de la aventura cinematográfica, haciendo suya la figura del héroe legendario de por vida. Ninguno de los actores que posteriormente se han metido en la piel de Robín de Locksley, se han acercado siquiera al encanto y hechizo que Flynn imprimió al personaje, quizás tan solo el Robín de Kevin Costner a principios de los noventa se acercó a esta visión, aunque desde una perspectiva muy diferente y sin lograr de lejos su impacto.


La Warner Bros abordó el proyecto como una producción de altos vuelos, lo cual se nota en el resultado. Costó cerca de 2 millones de dólares de 1938, siendo la película más cara rodada hasta esa fecha por la productora y una de las más costosas del Hollywood de los años 30. Rodada en luminoso Technicolor un poderoso reclamo para la época, terminó de consolidar a Flynn y Olivia de Havilland como una las parejas ideales de la pantalla. Olivia no solo era una mujer bellísima, sino que además era una fantástica actriz. Olivia infundió fuerza y personalidad a Lady Mariam, más allá de la dulzura y delicadeza propias de este tipo de roles destinados a ser tan solo el dulce reposo del guerrero. 


Juntos no solo formaban una hermosa pareja, además sus personalidades se complementaban con una química que quedaba reflejaba en la pantalla. El estudio consciente de su impacto aprovechó esta circunstancia a lo largo de siete películas que conformaron todo un ciclo inmortal de la aventura cinematográfica. Parece ser que Errol mantuvo una especie de amor romántico por su dama, que esta no correspondió a consecuencia de la vida crápula y disipada de su Robin, en cualquier caso Olivia siempre mantuvo palabras amables y cariñosas hacía Flynn, recordando esa etapa de la Warner como un momento esencial en su incipiente carrera, que alcanzaría cotas muy altas en los siguientes años.


No podemos dejar de nombrar a los “malos” de la función, los magníficos Basil Rathbone y Claude Rains, como el malvado sheriff de Nottingham y el desleal Juan sin Tierra respectivamente. Ambos son el retrato perfecto de la villanía. Rains dota al odioso Príncipe Juan de un perverso sentido del humor que le hace aún más despreciable y lunático. En cuanto a Basil Rathbone, uno de los especialistas en villanos del Hollywood clásico, recordar el inolvidable duelo final a espada con el protagonista, momento inmortal y referente imitado a lo largo de toda la historia del género.


Con todos estos elementos la película se convirtió en un enorme éxito de público, recaudando más de cuatro millones de dólares de la época. Fue nominada en 4 categorías a los premios Oscars de este año triunfando en tres de ellas, las relativas a música original, dirección artística y montaje.


Un título redondo que ha hecho soñar desde su estreno a generaciones enteras de espectadores, sentando un referente en su género y en el del Hollywood clásico, hasta el punto de convertirse en un filme de culto al ser seleccionada en 1995 por la Biblioteca Nacional del Congreso Americano como uno de los filmes a preservar en el National Film Registry junto a “El mago de Oz” o “Ben Hur” entre otros.



viernes, 7 de julio de 2017

CINE EN LA RETINA... "THE HEATHER ON THE HILL", EL ROMANTICISMO POÉTICO DEL MUSICAL...

Pocas veces se vio en la pantalla un modo tan poético y sutil de expresar el amor romántico a través del baile y la música como en este "Heather on the Hill" de "Brigadoon", en el que una bellísima Cyd Charisse y un soberbio Gene Kelly ponen su talento y técnica incuestionable al servicio del argumento, creando con sus movimientos un lirismo y hechizo irresistibles, llenando la pantalla de magia en una combinación perfecta donde la coreografía hace uso del paisaje (recreado en estudio) como un elemento más que sublima el momento y lo convierte en onírico, como parte de cuento de hadas.

El director Vincente Minnelli, conocido como el mago del buen gusto, hace uso de su conocida pericia en el tratamiento de la fotografía, el color, el vestuario y el resto de elementos presentes en el plano, para retratar la secuencia a su estilo impecable. La cámara se mueve entre los personajes, danzando con ellos, recurriendo la colina de cartón piedra como si intuyera y abrazara de manera espontánea su baile, haciéndose cómplice del instante que están viviendo, transmitiendo lo que sienten sin necesidad de diálogo, solamente contemplando lo que está ocurriendo al acercarse, alejarse y fundirse con cada uno sus pasos...

Un número clásico absolutamente delicioso.



sábado, 8 de abril de 2017

CON ACENTO ESPAÑOL... AURORA BAUTISTA




Pocas actrices causaron un impacto tan grande en la industria española como está trágica vallisoletana, emigrada desde muy pequeña a Barcelona, con su primera intervención en la pantalla. De la noche a la mañana se convirtió en estrella gracias al personaje de Juana I de Castilla, alías "La loca", en unos de los títulos clave de la historia de nuestro cine, esa “Locura de amor” (1948) tan carpetovetónica y controvertida como el cine de su director, Juan de Orduña, experto en crear estrellas cinematográficas como demuestran los casos de Sara Montiel, Juanita Reina o Jorge Mistral entre otros. Aquel tremendo dramón, adaptación de la obra homónima de Tamayo y Baus, se convirtió en un éxito fulminante consagrando a su protagonista e instaurando un modelo interpretativo grandilocuente y excesivo que causo furor en la época, en el que sin duda alguna Aurora Bautista fue su máximo exponente, tanto en cine como en teatro con obras como “Fuenteovejuna”, “Antígona”, “Medea” y un largo etcétera.




Si “Locura de amor” la convirtió en la actriz más popular de aquellos años, sus dos siguientes títulos a las órdenes de Orduña “Pequeñeces” (1949) y “Agustina de Aragón” (1950) fijaron su imagen en la historia del cine español, convirtiéndose (parece ser que muy a su pesar) en la representante de un género vetusto y ampuloso que sería el sello de la productora Cifesa, el estudio más importante alumbrado por la industria española, con un modelo de producción similar al de Hollywood, que incluía contratos a largo plazo con los artistas más importantes del momento, impresionantes promociones, platós bien equipados y equipos técnicos bajo contrato. Para bien o para mal estas películas marcaron la tónica general de toda una época del cine español y Aurora permaneció tan asociada a los mismos como el cañonazo de Agustina, la locura de la reina Juana o los salones decimonónicos de la Marquesa Currita Albornoz.


Con tan solo tres títulos la Bautista se sitúa a la cabeza de las actrices del momento, favorita del público y la industria deseosa de contar con su colaboración. Sin embargo ella aspiraba a significar algo más en otro tipo de cine más moderno y de mayor prestigio artístico que el que le ofrecía la producción española de aquellos años. Intentando huir del encasillamiento, la actriz rompe la colaboración con Orduña, que le había ofrecido protagonizar “La leona de Castilla” (1951) su siguiente proyecto histórico, y fija su mirada en la revelación que supuso “Cielo negro” (1951), un intento de cine realista y con una estética muy diferente al resto de la producción española. Con esta premisa busca ser dirigida por Manuel Mur Oti, realizador de aquel título, sin embargo “Condenados” (1953) un drama rural anodino y falto de interés supone una experiencia fallida que hace que Aurora desencantada del cine vuelva los ojos hacia la escena interpretando a las órdenes de Tamayo y Luis Escobar una seria de obras clásicas y contemporáneas que mantienen su estatus artístico durante toda la década de los 50 en la que apenas se asoma a la pantalla.


A principios de los años 60 regresa al cine de nuevo bajo la dirección de Orduña con un ambicioso proyecto que narraba la vida y milagros de Santa Teresa de Ávila, sin embargo “Teresa de Jesús” (1961) se convierte en otro filme fallido, rodado fuera de tiempo, condicionado por un estilo narrativo pasado de moda, completamente ajeno a los nuevos aires que impulsaban el cine español  y lastrado por la opresiva presencia de la censura franquista que mutila sin piedad el guión original a pesar de haber obtenido el beneplácito del mismísimo Vaticano.


Viendo truncadas de nuevo las expectativas de recuperar su estatus en la pantalla a través de un proyecto interesante y de calidad, la actriz marcha a México donde contrae matrimonio. A su regreso a España obtiene de nuevo un éxito, esta vez unánimemente aclamado, en la que habría de convertirse en su mejor película, “La tía Tula” (1964) dirigida por Miguel Picazo, quién a pesar de acoger su elección con reservas se deshizo en parabienes con ella tras contemplar el resultado. En el papel de la solterona de provincias, acosada por su cuñado viudo y sometida a los convencionalismos opresivos de una sociedad puritana y tradicional, Aurora ofreció una magnífica interpretación llena de matices y muy alejada de su registro habitual. En adelante Tula se convertiría en su papel más significativo y en el filme preferido de la actriz.


Tras esta alentadora experiencia poco más daría de sí su carrera cinematográfica a excepción de algún éxito aislado como el culebrón “El derecho de nacer” (1964) rodado en tierras mexicanas, como la muchacha de buena sociedad que se ve obligada a renunciar a su hijo bastardo e ingresa en un convento movida por el remordimiento, reencontrándose con el hijo ya adulto en una dramática y conmovedora escena, de fácil efecto para corazones sensibles. A mediados de la década de los 80 brindaría extraordinarias interpretaciones, ya como característica en papeles secundarios en títulos como “Extramuros” (1985), “Divinas palabras” (1987) o la divertida comedia "Amanece que no es poco” (1989). Mención aparte merece su participación junto a Ana Mariscal e Imperio Argentina, en la obra maldita de Javier Aguirre “El polizón del Ulises” (1987) ocasión única de ver en acción a tres auténticas divas del pasado, mostrando su categoría interpretativa y carisma imperecedero.




Falleció en 2012 de un modo inesperado y repentino a consecuencia de una insuficiencia respiratoria. Para el recuerdo nos queda la presencia de una gran Dama del cine y la escena que, a pesar de la imagen conservadora de gran parte de su filmografía, siempre buscó dignificar su trabajo apostando por otras líneas expresivas diferentes, a veces arriesgando como demostró en una de sus películas más delirantes, “Los pasajeros” (1975), donde su exhibición de busto causó conmoción entre el público de la transición, sorprendido frente a las veleidades eróticas de su otrora Reina Santa.



Su estilo de declamación, su manera de gesticular , su temperamento dramático marcaron toda una etapa de nuestro cine en la que las grandes pasiones se vivían en medio del lujo de salones cortesanos, donde las grandes figuras de la historia eran usados como excusa para mostrar la grandeza y poderío de una España trasnochada anclada en un pasado glorioso frente a un presente incierto. En este contexto Aurora Bautista luchó por superar la máscara que la encumbró sin conseguirlo completamente y es que ella hizo de su galería de heroínas históricas algo más grande que el cine que las contenía.

miércoles, 15 de febrero de 2017

MIS ESTRELLAS FAVORITAS... FRED ASTAIRE


Clásico, perfeccionista, impecable… Él es junto con Gene Kelly la esencia del bailarín cinematográfico. En cualquier película en la que aparece y rompe en algún momento a bailar, la pantalla se llena de magia al margen de la calidad del filme. Cuando uno ve a Astaire bailar siente que el hombre ha nacido para hacerlo de un modo tan natural e instintivo como respirar. Nada más lejos de la realidad, era un profesional exigente que empleaba horas de ensayos y exigía la misma dedicación y entrega a sus bailarinas y el equipo que rodeaba sus espectaculares coreografías. Sin Astaire no existiría el musical americano…



Su talento era tan brillante que podía hacer de cualquier objeto inanimado su pareja, como la célebre escena en la que baila con un perchero en “Bodas reales” (1952), las filigranas realizadas en el mismo título en una espectacular coreografía por el suelo, paredes y techo de una habitación, narrando con su danza lo fantástico que es estar enamorado o en el número “Shoes with Wings On” de “Vuelve a mí” (1949) donde interactúa con una decena de zapatos que danzan a su alrededor sin dueño.


Cuando llegó al mundo del cine contaba ya con 34 años, edad tardía para hacer carrera en la pantalla. En la prueba a la que le sometieron en la RKO, una de las productoras más modestas de Hollywood, lanzaron como veredicto: “No sabe cantar, no sabe actuar, está calvo… Baila un poco”. Astaire llevaba a sus espaldas una larga y exitosa carrera como bailarín teatral con su hermana Adele. Cuando esta se casó la pareja hubo de disolverse y él probó fortuna en la soleada California. Su primera incursión consistió en una pequeña aparición junto a la estrella de la Metro Joan Crawford en la película “Alma de bailarina” (1933), pero en su siguiente título “Volando a Río de Janeiro” (1933) él y su pareja, una rubia descarada llamada Ginger Rogers, se lanzaron a la pista con un pegadizo baile tropical, “La Carioca”, y entraron en la inmortalidad… El resto es historia del séptimo arte. Hoy nadie recuerda que aquel título estaba protagonizado por la bellísima Dolores del Río y Gene Raymond, pero Fred y Ginger se llevaron todos los elogios y el cariño del público, iniciando una fructífera colaboración a lo largo de nueve títulos  que les elevaría a la categoría de mitos del cine, no solo musical, sino del Hollywood clásico, llenado la pantalla de bailes y entretenimiento.

En la modesta RKO, Astaire encontró en Ginger el complemento ideal. Él era clásico y ella moderna, aparte de una magnifica actriz que se adaptaba a la perfección al juego de aquellas comedias de enredo y a las coreografías del bailarín, como si de una hermosa sombra se tratara, envolviéndose y elevándose entre sus brazos  como parte de un poema musical de tres minutos de duración. Sus danzas clásicas son el origen de los bailes de salón, por si mismos iniciaron todo un apartado en el terreno del cine musical de todos los tiempos.


La pareja se rompió en 1939, al parecer por las aspiraciones de Ginger a obtener papeles de mayor calado dramático y cansada de ver su talento soterrado a la sombra del de Astaire. Cuando diez años más tarde la Metro les volvió a juntar en la historia de dos bailarines que se separan cuando ella quiere emprender una carrera dramática en solitario, trasunto de su propia vida, en la citada “Vuelve a mí” (1949) las pantallas volvieron a vibrar como en los mejores tiempos, envolviendo la leyenda en nubes Technicolor. Cada aparición conjunta de ambos en este título valía su peso en oro, dando ejemplo a porque se convirtieron en legendarios.


Lejos de Ginger, Astaire fue pasando por distintas productoras hasta recalar en la Metro, donde asentó su leyenda a las órdenes del productor Arthur Fred y su famosa “Fred Unit” el equipo que dio a la pantalla los mejores títulos musicales que conformaron la edad de oro del género. Aparte de dos deliciosos escarceos en la Columbia "Bailando nace el amor" (1942) y "Desde aquel beso" (1941), con Rita Hayworth, a la que Astaire consideró su mejor pareja de baile en adelante, por sus brazos pasaron las mejores bailarinas del Séptimo arte... Judy Garland, Ann Miller, Cid Charisse, Vera Ellen, Leslie Caron... Incluso nos deleito con un dúo inolvidable junto a su pareja más extraña y extraordinaria, Gene Kelly en el número "The babbitt and the bromide" del filme de Minnelli "Ziedfield Follies" (1945).


A medida que los días de gloria del musical cinematográfico fueron pasando Astaire fue espaciando sus apariciones en la pantalla, aunque tuvo tiempo de participar en algunos de los mejores "cantos de cisne" del género como "Melodías de Broadway 1955" (1953) y "La bella de Moscú" (1957) ambas con la bellísima Cyd Charisse o "Una cara con ángel" (1957) donde un Astaire con 58 años aún daba lecciones de danza a una encantadora damita llamada Audrey Hepburn.


Falleció a los 88 años de una neumonía, dejando al cine un poco más huérfano de la magia y el encanto capaces de encender las pantallas, pero su leyenda permanece grabando su nombre en notas clásicas. Como dijo en una ocasión la gran Cyd Charisse, "bailar con Fred una vez representa la consagración, hacerlo dos veces supone la inmortalidad"...

martes, 14 de febrero de 2017

FILMOTECA CLÁSICA... "El cartero siempre llama dos veces" (1946) Tay Garnett


Un vagabundo llega a un mediocre restaurante de carretera buscando empleo... Una vez sentado dentro del local ve como un pintalabios rueda por el desgastado suelo... Al alzar la mirada va contemplando las piernas, cintura y pecho de su propietaria, en un magnífico contraplano vemos la reacción en la cara del protagonista causada por la visión de un rostro perfecto de diosa sexual... Con esta escena soberbiamente narrada se intuye el drama que va a desarrollarse en uno de los filmes negros más famosos de la historia del Cine y sin duda alguna uno de los mejor construidos...


Lana Turner contaba con 25 años cuando interpretó esta película confirmando una categoría de estrella que mantendría hasta el final de sus días. Su presencia es todo en la historia, su figura tentadora, la ambigüedad que respira su personaje durante toda la cinta, la pasión irracional que despierta su aparición en cada plano hicieron de esta una de las mejores oportunidades de su carrera a la que la actriz supo aferrarse saliendo triunfante sin grandes métodos interpretativos, pero utilizando todos los recursos innatos de una estrella que nació para hipnotizar la pantalla hechizando a los espectadores con su sola presencia. Ella es la esencia y presencia dominante en toda la película, tejiendo los hilos, manejando a su antojo a todos los personajes de la historia.


Junto a la divina presencia de Lana, John Garfield, un magnífico actor de método, prototipo de la masculinidad, que se alzó como uno de los primeros rebeldes de Hollywood, precursor de Brando o Dean. Garfield fue uno de los mejores actores de su época, cuya carrera fue cruelmente truncada por la tristemente célebre "caza de brujas", al ser considerado simpatizante comunista por rebelarse contra las ideas conservadoras del senador McCarthy, siendo incluido en las listas negras del "comité de actividades antiamericanas". Su temprana muerte de un ataque al corazón a los 39 años, se consideró una causa directa de la persecución sufrida a consecuencia de sus ideas, convirtiéndose en una víctima de esta etapa negra Hollywood y de la vida estadounidense. Garfield brinda en la película una interpretación redonda, absolutamente magistral. Su encarnación del hombre cínico, rudo, de vuelta de todo que sin embargo es atrapado en las redes de una mantis religiosa con figura de Esfinge, es tan real que hace creíble la historia consiguiendo que esta cobre vida.


La atmósfera de la película es soberbia, carnal, inquietante... Sosteniendo la idea de que algo irremediable va a ocurrir de un momento a otro. A ello contribuye una soberbia dirección y una excelente fotografía y planificación escénica que rebela el fatalismo característico del cine negro americano propio de los años 40, época en la que las historias se volvieron más oscuras, desencantadas y realistas dando nombre a un género nacido al amparo de la terrible experiencia que supuso la segunda guerra mundial en la que el mundo perdió una parte de su inocencia.


A pesar de su excelente calidad el filme no obtuvo ni una sola nominación a los Oscar de ese año. Lo cierto es que la brutal concentración de títulos "clásicos" en esa fructífera etapa del cine americano hizo que muchas películas quedasen fuera de palmarés. Aquel 1946 además del filme de Garnett, quedaron fuera de concurso títulos inmortales como "Gilda" de Charles Vidor, "El sueño eterno" de Howard Hawks, otros dos magníficos "filmes negros" o "Pasión de los fuertes" un western de John Ford, imprescindible a la hora de abordar el género.

La película tuvo un célebre remake en 1981 interpretado por Jack Nicholson y Jessica Lange, cuyo papel de Cora convirtió a esta última en estrella de la década como hubiera hecho años antes con Lana Turner. Lange aparece desprovista del glamour de su predecesora, pero la carnalidad y sensualidad que sabe imprimir a su personaje, aparte de unas escenas de alto voltaje sexual, compusieron una Cora muy distinta pero igualmente inolvidable, convirtiendo el filme en un gran éxito.

jueves, 27 de octubre de 2016

FILMOTECA CLÁSICA... "LA CARTA" (1940) WILLIAM WYLER


Aunque es difícil elegir un título en la filmografía de una de las grandes actrices de la historia, creo mi Bette favorita es la de "Jezabel" (1938). Esa Julie malcriada, egoísta e incluso cruel, acostumbrada a hacer su santa voluntad y redimida por el sacrificio de acompañar al hombre amado a una leprosería, se encuentra en un lugar muy alto en mi memoria cinéfila. Sin embargo he de reconocer que esta Leslie de “La carta” es posiblemente junto a la Eva de “Eva al desnudo” (1950) una de las interpretaciones mejor construidas de toda su trayectoria. Bette es el alma de la película, en un argumento creado en torno a su personaje donde ella reina sin competencia posible, aunque todo el filme de principio a fin está tan bien construido que encaja con la precisión de un engranaje servido a la medida del mejor melodrama clásico.


En este caso la maldad de Bette no alcanza redención posible… Asesina, miente y destruye la vida de cuantos le rodean en nombre de un amor egoísta incapaz de soportar el rechazo, ni superar los convencionalismos sociales. La cantidad de matices que Bette aporta a su personaje en la cinta es magnífica, ofreciendo un soberbio recital que es fantásticamente retratado por el director William Wyler, amante por aquel entonces de la estrella.


La fotografía de la película es impecable, realzando la sensualidad e intensidad de la historia cuando se precisa, especialmente en las escenas finales con esa luna omnipresente poniendo tintes dramáticos al desenlace, haciendo protagonista de la situación al paisaje, presentimiento fatal, que nos alerta de lo que está a punto de ocurrir como culmen de la historia, dando cuenta sin duda de la sabiduría cinematográfica de Wyler, un auténtico genio que se movía como pez en el agua en este tipo de argumentos servidos a la medida de su estrella favorita, pero que conseguía sublimarlos, formando un binomio magnífico que servia al acabado perfecto de la obra. De hecho las películas en las que Bette se dedica a ser "la mala" sin más, en un argumento que resalta los aspectos de su villanía sin un director como Wyler que sublime el resultado, la obra se resiente considerablemente a pesar del talento indiscutible de la actriz.


Acompañando a la estrella algunos de los mejores actores de la escudería Warner, nombres habituales en los vehículos de Davis. Herbert Mashall como el anodino esposo engañado que no se entera de nada de lo que acontece a su alrededor, James Stephenson como el abogado amigo de la familia que se ve obligado a defender los manejos de la arpía protagonista y Gale Sondergaard como la exótica malasia, mano ejecutora de la venganza que se anuncia desde su primera aparición aún sin pronunciar palabra alguna al respecto.


Al igual que “La Loba” (1940) el guión original se inspira en una obra de teatro, en este caso de W. Somerset Maugham, autor entre otras de “Servidumbre humana” o “El filo de la navaja”,  estrenada a finales de los años 20 con notable éxito con Gladys Cooper como protagonista. En 1938 fue interpretada en el Radioteatro Lux por Merle Oberon y Walter Huston, pero sin duda alguna debe su fama internacional a esta adaptación para el cine por Wyler con Bette Davis como protagonista en el mayor momento de popularidad y prestigio. Bette había creado un estilo de interpretación sumamente personal, que hacia las delicias de crítica y público y le habían llevado a un puesto de ventaja dentro de la Warner Brothers productora que la tenía bajo contrato, convirtiéndose en la reina absoluta del estudio, con decisión para elegir argumentos, directores y compañeros de reparto, papel que ella deseó en aquellos años no fue a parar a manos de ninguna otra actriz. Sin duda alguna parte de ese éxito se debía al carácter de la estrella que volcaba todo su talento y esfuerzo en cada personaje, lo que le llevó en ocasiones a tener fuertes discusiones con los directores sobre la construcción dramática de los mismos y encontronazos con la productora ante la negativa a interpretar papeles que ella consideraba no estuvieran a la altura de su personalidad o estatura como actriz, convirtiéndose en una de las grandes rebeldes de Hollywood, que llegó a pleitear contra los estudios Warner en su lucha por obtener mejores oportunidades.


En "La carta" tanto ella como Wyler dan buena cuenta de una forma de hacer cine, que quedó para siempre enterrada entre los fotogramas del celuloide clásico y que sin embargo sigue funcionando como algo perfecto a cada revisión, manteniendo al espectador fijo en la historia y cuanto en ella acontece hasta el final. La película fue nominada en siete categorías distintas (película, actriz, director, fotografía, montaje, actor de reparto y música) aunque no obtuvo ningún galardón, si bien es cierto que aquel año la competencia era brutal. El filme tuvo que lidiar con títulos inmortales como "Historias de Filadelfia", "El ladrón de Bagdad", "Pinocho", "Las uvas de la ira", "El gran dictador" o "Rebeca" que se alzaría con el galardón a la mejor película de 1940.


Independientemente de los premios otorgados el filme obtuvo un enorme éxito y se convirtió casi de inmediato en unos de los clásicos inmortales de director y actriz, pasando, entre otras cosas, a la historia por la célebre frase "Todavía amo con todo mi corazón al hombre a quién he matado", usada acertadamente en la promoción de la película.

martes, 30 de agosto de 2016

MIS ESTRELLAS FAVORITAS... HEDY LAMARR, LA TENTACIÓN Y EL ÉXTASIS...



Aunque nunca llegó a destacar por sus cualidades interpretativas fue sin duda uno de los rostros más perfectos que jamás se asomó a la pantalla. Reina del glamour, creadora de un estilo personalísimo y poseedora de una vida intensa y apasionante. Su carrera arrancó con la aureola del escándalo haciéndose famosa por ser la primera actriz que apareció completamente desnuda en el filme checo “Extasis” (1933), en la que además simulaba un orgasmo en una de las escenas de la película, contando tan solo con 19 años, dando ya cuenta de su carácter moderno y transgresor.


A pesar de su imagen de muñeca plastificada parece ser que tenía una inteligencia fuera de lo común, lo que la llevó a estudiar ingeniería técnica con tan solo 16 años, llegando a ser coinventora de la primera versión de “espectro ensanchado” junto al compositor George Antheil, que mejorada en la época digital daría lugar a la tecnología Wifi. Teniendo una gran actividad en este sentido durante los años de la segunda guerra mundial a favor de la causa aliada.


El escándalo despertado con su intervención en “Extasis” hizo que el magnate armamentístico de origen judío Friedrich Mandl, colaborador del régimen nazi, se fijase en ella concertando un matrimonio de conveniencia con los padres de la artista, del que ella salió huyendo años más tarde a París, para posteriormente embarcarse a Londres y de allí a EEUU, donde el todopoderoso Louis B. Mayer, jefe de la Metro, la convirtió en una de las predilectas del estudio, protegida personal suya, reactivando una carrera que a partir de entonces permaneció asociada al cine americano hasta su declive y retirada.


A pesar de haber cursado estudios de arte dramático en su juventud con el director alemán Max Reinhardt, su carrera no se edificaría precisamente sobre su talento interpretativo, fue su atractivo físico el que cimentó una filmografía completamente al servicio de su soberana belleza, protagonizando una treintena de filmes en los que llenaba la pantalla con su imagen cautivadora, sin enterarnos en ningún momento si además sabía interpretar… Tampoco importaba… Su rostro hierático, impasible, incapaz de transmitir emoción alguna, era la imagen proyectada de una Diosa que había bajado del Olimpo a la pantalla para cautivar con su mirada a los mortales que acudían a contemplar sus romances junto a los galanes de moda, destinados a ser esclavos de la fascinación despertada por la Dama.



La Metro, experta a la hora de fabricar estrellas, supo elegir los vehículos donde Hedy pudiera lucirse, impecablemente vestida y convenientemente iluminada, en una atmósfera romántica e irreal de ambientes exóticos, en algunas ocasiones como el de "White Cargo" (1942) decididamente absurdos. De esta guisa apareció en títulos como “Argel” (1939), “La Dama de los trópicos” (1939), “Esta mujer es mía” (1940) o “Las chicas de Ziegfield” (1941). Hubo algún intento de explorar otros registros como en la comedia “Camarada X” (1940) junto al “Rey” Gable, donde se intentaba parangonar con la mismísima Greta Garbo, emulando el éxito personal de “La Divina” en “Ninotchka” (1939) o en el melodrama costumbrista “Cenizas de amor” (1941) donde por fin y casi por única vez dejó atisbar su talento como actriz a las órdenes del gran King Vidor.


La segunda mitad de los años cuarenta transcurrió entre vehículos a su servicio sin nada destacable más allá de su hermosa presencia y el oropel del que los estudios sabían rodear este tipo de producciones, dejando escapar dos de las mejores oportunidades de su carrera al rechazar las protagonistas de “Casablanca” (1943) y “Luz de gas” (1944) que hicieron la fortuna de Ingrid Bergman consagrándola como estrella de cine y una de las favoritas del público de la época.


A finales de la década logró apuntarse un triunfo personalísimo cuando Cecil B. de Mille uno de los erotómanos más consumados de la historia del Cine, la eligió para representar a una de las tentadoras bíblicas más famosas en “Sansón y Dalila” (1949) junto al fornido Víctor Mature. Tras este enorme éxito de público que resucitó las películas de temática pseudo religiosa, abriendo un ciclo que se haría inmensamente popular durante los años cincuenta, su carrera fue en franca decadencia, protagonizando películas de bajo presupuesto y escaso interés que precipitaron una pronta retirada de la pantalla. Su rostro además se había endurecido, envejeciendo prematuramente, lo que hizo sin dudas que los productores perdieran interés en ella, al verse dañado parte de su principal atractivo ante el público.


Su situación financiera se vio bastante resentida durante aquellos años ociosos, siendo subastados todos sus bienes, incluida una copiosa colección de arte que la actriz había ido compilando en sus años de gloria. Al igual que en sus inicios su vida terminó rodeada de anécdotas escandalosas y sensacionalistas. Fue acusada de cleptómana por robar en un supermercado y posteriormente la publicación de su autobiografía “Ecstasy and me”, donde reflejaba un detallado catálogo de amantes y una azarosa vida sexual, despertó los comentarios más escabrosos. Aunque Hedy demandó a la Editorial aludiendo que habían alterado sus Memorias con el fin de obtener un éxito de ventas la polémica alrededor de su figura estaba servida.


Como tantas otras “Diosas” se llevó la verdad consigo, dejando una estela de leyenda a su paso que mantiene viva su memoria de mujer única, inconformista, vividora y abuela de un invento tecnológico por el que finalmente logró más reconocimiento que en ninguna de sus películas, dando cuenta de una personalidad tan fascinante como esa belleza insultante, irreal, que la convirtió en una postal fija y eterna en la retina del espectador clásico…

Divina Hedy, genial Hedwig Eva Maria Kiesler...