miércoles, 8 de mayo de 2019

FILMOTECA CLÁSICA... "IVANHOE" (1952) RICHARD THORPE




Esta adaptación de la conocida novela del escocés Sir Walter Scott fue la primera de las tres aventuras medievales que Robert Taylor rodó para la Metro a principios de los años cincuenta y posiblemente la mejor de ellas, las otras dos serían "Los caballeros del Rey Arturo" (1954) y "Las aventuras de Quintin Duward" (1955). Aprovechando los fondos que la productora tenía congelados en Inglaterra se desplazó gran parte del equipo americano a Europa para rodar en los escenarios naturales donde transcurre la acción original, lo que benefició enormemente al resultado final del filme, consiguiendo una excelente ambientación que da a la película un aire de leyenda medieval que va como anillo al dedo a la historia. El filme se convirtió en uno de los clásicos del cine de aventuras, dirigido con buen oficio por Richard Thorpe uno de los realizadores más prolíficos del cine americano y responsable de las otras dos incursiones medievales de Taylor en la década y de una de las cintas de aventuras más deliciosas de aquellos años "El prisionero de Zenda" (1952) protagonizada por Stewart Granger el aventurero por antonomasia de los años cincuenta.



El personaje de la novela es coetáneo de otro de los héroes más famosos de la literatura medieval, Robin Hood, que aparece brevemente en la cinta apoyando la revuelta contra el perverso Príncipe Juan y sus secuaces normandos que esclavizan y exprimen al pueblo sajón aprovechando el cautiverio del legítimo Rey Ricardo. Al igual que Robin, Ivanhoe es un noble sajón que se ve forzado por las circunstancias a compartir su estatus con una clase socialmente inferior al verse desposeído de su posición privilegiada. Lo que provoca un curioso caso de acercamiento entre clases en lucha por un objetivo común, sin tener en cuenta lo que ocurriría al recuperar su poder feudal.



Aunque a priori Taylor no parece la elección más adecuada, tanto por edad como por personalidad cinematográfica, lo cierto es que el actor está formidable. La apostura y sobriedad de las que dota al héroe de la historia da al personaje un aire de romanticismo legendario que le ayudaron a granjearse la simpatía del público, consiguiendo en cierta forma revitalizar y prolongar su carrera en un momento complicado en el cual la televisión empezaba a ganar la batalla al cine y los grandes estudios comenzarían a rescindir los contratos a largo plazo con sus estrellas en breve espacio de tiempo. El éxito de la cinta permitió a su protagonista rodar los siguientes títulos mencionados en los que en cierta forma repetiría con pocas variaciones pero igual acierto el cliché desempeñado en esta película. 



Acompañando al héroe titular se encuentran dos grandes damas del Hollywood dorado. De un lado una jovencísima y hermosa a más no poder Elizabeth Taylor como la judía Rebeca y del otro la madurita Joan Fontaine demasiado distante en el papel de la princesa Rowena, amada de Ivanhoe, que pierde la batalla ante la insultante belleza de la Taylor. Aunque el magnetismo con la cámara de Elizabeth es indiscutible, la interpretación de la actriz británica es totalmente insulsa e irrelevante, quedando como un elemento meramente decorativo. Sorprende que la intérprete de "Un lugar en el sol" rodada un año antes y en la que estaba formidable, se muestre tan ineficaz en esta ocasión. Al parecer el estudio le obligó a aceptar un papel que ella odió desde el primer momento, lo cual seguramente resintiera el resultado final. A pesar de su resistencia inicial la actriz encontraría el amor durante su estancia inglesa en la persona del actor británico Michael Wilding, veinte años mayor que ella, que se convertiría en su segundo marido. 



George Sanders sería el villano de la historia, con aquel cinismo que le hizo famoso y que hará del malvado Bois Gilbert uno de los personajes más interesantes de la historia. El resto del reparto estaba compuesto por actores ingleses y algunos de los secundarios más eficaces de la escudería de la Metro, varios de ellos repetirían en las otras películas medievales anteriormente mencionadas.



El filme cuenta con una factura irreprochable con todo el esplendor y lujo que solo la Metro Goldwyn Mayer solía ofrecer en aquellos años, las escenas de los torneos medievales y el asalto al castillo se convertirían en modélicas en su género y serían repetidos en otros tantos filmes de capa y espada a lo largo de décadas. Una película que haría soñar a generaciones enteras de escolares que soñaban con convertirse en el espadachín sajón en lucha contra la injusticia del príncipe Juan sin Tierra para restituir al legítimo Rey Ricardo Corazón de León en el trono de Inglaterra. A pesar de su formidable acogida sería una de las grandes perdedoras en la ceremonia de los Oscar de 1952 al no obtener ni una sola estatuilla, a pesar de haber sido nominada en las categorías de mejor película, fotografía en color y banda sonora. Aunque el filme se resarciría en taquilla recaudando cerca de 7.000.000 de dólares.




 

jueves, 4 de abril de 2019

FILMOTECA CLÁSICA... "GILDA" (1946) CHARLES VIDOR



Pocas veces a lo largo de la historia a quedado un personaje tan asociado a la actriz que lo da vida como en el caso de "Gilda", de mimetizarse hasta el punto de que este se trague a su intérprete. "Gilda" convirtió a Rita Hayworth no solo en uno de los mitos imprescindibles del cine sino de la cultura popular del siglo XX. Tras este título la actriz quedaría eternamente asociada al personaje, hasta el punto que todos buscarían obsesivamente a partir de entonces en la sensible e insegura Rita a la apasionada hembra que representó en la pantalla, algo que ya nunca lograría separar de su persona lastrando en parte su carrera y su vida personal, se había convertido en la mujer más deseada. La misma actriz relataría en alguna ocasión en alusión a sus fracasos amorosos, todos querían acostarse con Gilda, pero se levantaban conmigo.


La enorme identificación que Rita logró con el personaje fue sin duda parte fundamental del éxito de la cinta y de su leyenda que arrasó por todo el mundo como un huracán. En la España franquista la película sería piedra de escándalo, muy por encima de su contenido. Aquella imagen de mujer desinhibida y liberada abriría las carnes de censores y eclesiásticos que llegaron a prohibir su proyección o tacharla de "altamente peligrosa", lo que no hizo sino avivar su popularidad entre el público, promocionándose con frases tan sonoras como "Dicen que soy una mujer fatal como fatal es mi sino", "Los hombres en mis manos son barro que cede a la presión de mis dedos", "Soy libre y hago lo que quiero cuando quiero" o la celebérrima "Nunca hubo una mujer como Gilda".


A pesar de tanta tinta al argumento de la película no tiene un planteamiento tan escabroso. Aunque la carga erótica del personaje es indudable, lo cierto es que la frivolidad de Gilda se ve continuamente castigada y no es sino la máscara de una mujer frágil que busca redimirse a través el amor. Sea como fuere la fuerza de sus imágenes la han convertido en un icono del cine, grabando en la retina del espectador el inolvidable conato de streptease de Rita deshaciéndose lentamente de un interminable guante de satén negro a los acordes de "Put the blame o Mame" ("Échale la culpa a Mame") o la solemne bofetada que le propina un indignado Glenn Ford por frescachona.


Glenn y Rita quedarían desde entonces asociados en la memoria popular a tal punto que llegarían a repetir en dos títulos más "Los amores de Carmen" (1948) de nuevo a las órdenes de Vidor y "La dama de Trinidad" (1952) donde recrearían de nuevo la escena de la bofetada con menor impacto y fortuna. Ford nunca sería un actor con demasiada personalidad, aunque en "Gilda" esté perfecto como el atormentado Johnny Farrell odiando y amando a la protagonista a partes iguales por no sabemos que turbio asunto que les separó en el pasado marcando para siempre su relación. Este uso dramático de lo que se intuye y no se cuenta es uno de los mayores aciertos de un extraordinario guión que no para de abrir incógnitas que nunca terminan de cerrarse del todo. Como la extraña amistad que une a Johnny con el marido de la protagonista, un personaje siniestro y ambiguo que ha abierto una segunda lectura entre líneas sobre la oculta relación entre los dos hombres y el papel que Gilda juega en la vida de estos.


Con todos estos elementos "Gilda" se alzaría como uno de los mayores exponentes del cine negro americano y de sus heroínas manipuladoras, haciendo uso directo de su erotismo que las coloca por encima de los hombres que pretenden dominarlas, por más que en el personaje de Gilda no haya un ápice de maldad más allá de su frustración por conseguir al hombre que ama, jugando con él a un peligroso juego que no hace sino abrir más sus heridas aunque ella se empeñe en taparlas con satén y alcohol. Comentario aparte merecen los dos números musicales de la película convertidos en clásicos gracias a la inolvidable interpretación de Rita Hayworth, sin importar en lo más mínimo que la actriz fuese doblada por la cantante Anita Ellis. Su innato talento para el baile y la sensualidad que emana por todo su cuerpo en la puesta en escena de "Amado mío" y la citada "Put the blame o Mame" convierte sendos números en inmortales.


La miopía de Hollywood pasaría por alto el filme de Vidor en la ceremonia de entrega de los Oscars de aquel año al no otorgarle ni una sola dominación. La crítica Europea supo ver mejor que la americana las bondades de la obra al otorgarle la Palma de Oro a la mejor película en el Festival de Cannes. No obstante la película se desquitaría convirtiéndose en una de las más famosas e influyentes del Séptimo Arte, recordada por encima de cualquier otra galardonada en aquel 1946, entrando tanto ella como su protagonista en Olimpo de los inmortales.

jueves, 28 de marzo de 2019

Mis estrellas favoritas... June Allyson




Su rostro risueño y sempiterno optimismo hicieron de ella una de las favoritas del público americano durante dos décadas. Su dinamismo e romanticismo inocente fueron la respuesta al fatalismo de las heroínas del cine negro, ambiguas y pecadoras, nacidas al socaire del pesimismo de la Segunda Guerra Mundial. Las llamadas “vecinitas de enfrente” (girl next door) del cine americano, eran la representación de una juventud americana sana y esperanzada, muchachas resueltas, románticas y acordes a la moral conservadora imperante… Amigas diligentes, novias ideales, encantadoras esposas y perfectas madres. June fue un poco de todo esto a lo largo y ancho de su carrera y sin duda alguna una de las más populares. Su primer éxito llegaría de la mano del melodrama “Al compás del corazón” (1944) una historia de mujeres que esperan a sus hombres en retaguardia mientras estos luchan por derrocar la amenaza nazi. No obstante sería tras la contienda mundial cuando su personaje, mezcla de carácter risueño y resuelto a partes iguales, haría furor en una serie de comedias y musicales donde su sonriente dinamismo y bonita voz hacían de ella la compañera ideal de prometedores galancitos como Peter Lawford o Van Johson en títulos como “The sailor takes a wife” (1945), “Good news” (1948) ,“Words and music” (1948) o “Too Young to kiss” (1951).


Estuvo inolvidable como la rebelde e independiente Jo de “Mujercitas” (1949), una de sus interpretaciones más recordadas y deliciosa como la esposa de Gene Kelly, alias D´Artagnan en la lujosa adaptación de la Metro de “Los tres mosqueteros” (1949) dirigida por George Sidney. Con este último título daría el salto de jovencita encantadora a esposa abnegada y madre comprometida, adornando el melodrama de altos vuelos de la Metro en películas como “El mundo es de las mujeres” (1954), “Música y lágrimas” (1954), “La torre de los ambiciosos” (1954) o “ Interludio de amor” (1957), donde se mostró fuerte y conmovedora a partes iguales.


Con la caída del sistema de estudios, Hollywood dio un giro temático hacia un cine más adulto y comprometido en imágenes y contenido, en el que la personalidad y carisma de June Allyson tendrían poca cabida. Sus dos últimos títulos importantes serían sendos remakes de dos célebres comedias de los años 30, “El sexo opuesto” (1956) versión musical y descafeinada del filme de Cukor “Mujeres” (1939) y “Un mayordomo aristócrata” (1957) trasunto de “Al servicio de las damas” dirigida por Gregory La Cava en 1936. Tras un poco alentadora experiencia en "Stranger in my arms” (1954) la pecosilla June abandonaría la pantalla para dedicarse en cuerpo y alma a su familia y a su esposo el también actor y cantante Dick Powell con quién había contraído matrimonio en 1945, formando una sólida unión hasta el fallecimiento de este en 1963, demostrando que su vida privada respondía a los mismos principios e imagen que sus personajes en la pantalla.


Su regreso en roles secundarios a principios de los años 70 poco o nada aportaría a su antigua gloria, películas de consumo rápido y olvido fácil como “Solo matan a su dueño” (1972) en las que la actriz aportaría poco más que su experiencia y nombre a un público ignorante de su antiguo brillo. Murió a los 88 años de edad de un fallo cardiaco dejando el celuloide clásico un poco más huérfano, recuerdo de una época en la que su rostro alegre quedó impreso en imágenes de rabioso colorido que despertaron los sueños y esperanzas de generaciones de espectadores para los que su baile e imbatible sonrisa fueron el mejor bálsamo para dejar atrás la pesadumbre de un mundo que buscaba superar las heridas de la guerra.

martes, 19 de marzo de 2019

Filmoteca Clásica "La calle 42" (1933) Lloyd Bacon




A pesar de ser en muchos sentido un filme rutinario y previsible tanto en la forma como en su planteamiento argumental, típica historia de montaje de un espectáculo teatral con director tiránico obsesionado con la perfección, estrella ególatra que debe ser sustituida de improviso y joven aspirante que salva la función en el último momento, un esquema repetido hasta la saciedad en aquellos años, "La Calle 42" ha pasado a la historia por ser el primer musical que utiliza un lenguaje y elementos puramente cinematográficos fruto del talento del coreógrafo Busby Berkeley, uno de los creadores más personales y originales del Hollywood clásico que consiguió sacar al género del estatismo de los primeros años del sonoro con sus imposibles y vistosas coreografías. 



El musical fue desde los albores del sonido en la pantalla uno de los géneros preferidos por el público, la ocasión no solo de ver hablar, sino cantar y bailar al ritmo de la música a sus estrellas favoritas constituía un atractivo irresistible para los millones de personas que no podían costearse un espectáculo teatral, ámbito al que se veían restinguidos este tipo de espectáculos. Sin embargo los primitivos sistemas de sonido hacían que la cámara permaneciera inmóvil frente cantantes y bailarines como si se rodase una escena teatral. El inquieto Berkeley, gran conocedor del musical escénico entendió que el nuevo medio necesitaba un lenguaje completamente distinto e imprimió su sello personal a base de espectaculares travellings y planos picados de cámara, que filmaban a las coristas desde ángulos imposibles hasta entonces, creando un estilo inconfundible. Cualquier secuencia del coreógrafo y director estadounidense se reconoce inmediatamente como propia de su genio único. Berkeley daría soltura a la cámara e imprimiría un ritmo a las secuencias nunca visto en la pantalla sentando las bases del musical cinematográfico. Las escenas en las que decenas de coristas adoptan formas caleidoscópidas tanto con sus cuerpos como con sus vestidos mientras la cámara recoge sus movimientos desde el techo, a ras de suelo o en ángulos insospechados forman hoy día parte de la historia del cine en general y del musical en particular, dando buena cuenta del significado de Busby Berkeley en la evolución del género hasta el punto que los números rodados por él son lo más importante de las películas en las que llegó a participar, por encima de las escenas rodadas por el director titular o el argumento de los mismos. 



El público acudía en masa por el atractivo que suponían estas espectaculares coreografías que no formaban en la mayoría de los casos parte del argumento central sino que se ofrecían como parte del montaje teatral en el que se desarrollaba la trama. Tal fue la relevancia que obtuvo que el nombre de Berkeley se destacaba por encima del resto de componentes del reparto dando cuenta del verdadero artífice y creador de dichos filmes.



La película catapultó a la fama a su protagonista, Ruby Keeler, una excelente bailarina de claqué especialista en papeles de jovencita pueblerina e ingenua que acaba triunfando en el complicado mundo del espectáculo, prototipo con el que seguramente el público de la depresión se sentía identificado al representar el triunfo del proletariado en un mundo de pesadumbre y pobreza, Con tales armas la actriz se convertiría en una de las estrellas favoritas del público estadounidense durante la década de los treinta. Junto a ella el cantante melódico Dick Powell que formaría una pareja ideal con Keeler en varios títulos similares como "Desfile de Candilejas" (1933) o "Vampiresas 1933" (1933) en los que Berkeley ampliaría el volumen y espectacularidad de sus celebrados números musicales. A destacar igualmente la participación una todavía desconocida Ginger Rogers apunto de dar el salto a la fama al encontrarse con Fred Astarire. La actriz está sensacional en el papel de corista de vuelta de todo sobre la que se sostiene la parte cómica del argumento.



Sin duda alguna "La calle 42" es uno de los títulos más influyentes de su época piedra angular sobre la que se cimentaría la posterior evolución del cine musical americano, haciendo gala de la frase con la que se publicitaría la película a partir de su reivindicación en los años 80 "El musical americano comienza en... La calle 42".

miércoles, 21 de febrero de 2018

Filmoteca clásica... "Los diez mandamientos" (1956) Cecil B. Demille



"Los Diez Mandamientos" es el testamento cinematográfico de Cecil B. Demille, uno de los pioneros  del séptimo arte, responsable de la creación y evolución de gran parte de su lenguaje e historia. Este último título contiene todos los defectos y aciertos del realizador. Su indiscutible sentido del espectáculo basado en un estilo grandilocuente y "camp" con ciertos tintes eróticos usados como elemento moralizante, un magnifico ritmo cinematográfico que mantiene al espectador pegado a la silla durante sus casi cuatro horas de proyección, interpretaciones un tanto exageradas apoyadas en el atractivo de un impresionante reparto plagado de estrellas y el uso de la técnica cinematográfica al servicio de su propia visión de la historia elevando la misma a una altura mítica, sin duda mucho más interesante de la original narrada en las Sagradas Escrituras. De hecho el propio Demille aparece en pantalla antes de la proyección, presentando el filme como una historia de "la libertad frente a la tiranía" y haciéndose eco de lo mucho que el equipo se ha documentado para poner en imágenes la vida de Moises, aunque finalmente lo que presenciemos, lejos de ninguna crítica ni profundización erudita, es un brillante espectáculo en Technicolor mezcla de aventura exótica y melodrama aleccionador destinado a conmover a los sectores más piadosos de la época y amantes del cine en general, aunque desde dos vertientes bien diferenciadas, los primeros atraídos por su mensaje de estampita religiosa y los segundos por su sensacional sentido cinematográfico. Este es en muchos sentidos el resumen de la obra de Demille, mezcla de puesta en escena obsoleta y teatral y magnífico ritmo e ingenio creativos en provecho del espectáculo.




El realizador ya había llevado la historia a la pantalla en la etapa muda, "Los Diez Mandamientos" (1923). en la que la historia de Moises se presentaba como pretexto en la primera parte de la película para contar la historia de dos hermanos, uno noble y decente y otro crápula tentado por la ambición y vida licenciosa, que al final de la historia era castigado como cabe esperar y terminaba convertido a la fe cristiana. El prólogo en el que se narra la historia Bíblica es sensacional y en el ya se incluyen muchos de los elementos de esta versión definitiva incluido el célebre milagro de la apertura del Mar Rojo, realizado con un trucaje fotográfico formidable para una época tan temprana. 




A mediados de los cincuenta el cine tenía que acudir a argumentos y películas que ofrecieran al espectador un motivo para acudir a las salas cinematográficas, ya que la competencia que ofrecía por entonces el nacimiento de la televisión era brutal y terminaría por acabar con el famoso "sistema de estudios" y los contratos a largo plazo con sus estrellas. Por este motivo Hollywood volvió los ojos a la historia con el fin de levantar fastuosos espectáculos proyectados en enormes pantallas con todos los atractivos que la tecnología podía ofrecer como el Cinemascope o el Technicolor frente al primitivo entretenimiento de la pequeña pantalla en blanco y negro. En este contexto la mayoría de los profesionales de la época pusieron su talento al servicio de argumentos basados en el Mundo antiguo, llenando la pantalla de romanos, griegos, cartagineses o egipcios con desigual fortuna. Como ya se ha comentado Demille era uno de los realizadores que se movía como pez en el agua en este tipo de historias, desde sus inicios fue uno de los especialista del género con títulos tan populares como "Rey de Reyes" (1927), "El signo de la Cruz" (1932) o "Las Cruzadas" (1935). A finales de los 40 puso de moda un tipo de cine que mezclaba la religión con la aventura a través el éxito de "Sansón y Dalila" (1949) que sería la semilla para todo lo que vendría después.




Para "Los Diez Mandamientos" de 1956 la Paramount, confiando en la capacidad de Demille para generar éxitos, no reparó en gastos trasladando a todo el equipo a Egipto y el Sinahí con la intención de rodar en los escenarios originales donde se desarrollaba la vida y milagros del protagonista, un hebreo convertido en príncipe de Egipto y posteriormente tocado por la "gracia Divina" con la misión de liberar al pueblo de Israel del dominio de los Faraones. Para interpretar a Moises Demille confió en un actor que, aunque conocido, aún no era un astro internacional como para sostener un espectáculo de estas dimensiones y presupuesto, sin embargo su talento para descubrir luminarias convirtió a Charlton Heston en una de las últimas estrellas de la pantalla, especializando su carrera en figuras históricas con gran éxito. Aunque los motivos que argumentó Demille para elegir a Heston son mucho más pueriles, según él se basó en el parecido que encerraba el actor con el Moises esculpido por Miguel Ángel y la impresionante envergadura física del actor. 




Un soberbio reparto de primeras figuras acompaña a Heston en su experiencia mística. Yul Brynner, otra estrella incipiente gracias al éxito de su papel escénico como el monarca siamés del musical "El rey y yo", interpreta al frío y ambicioso Ramses. Aunque Brynner se pasea por los salones de Seti I con los ademanes y andares de un macarra del Bronx neoyorquino, su gran apostura y magnetismo confieren al papel una personalidad, que si bien no se parece en nada al aristocrático porte de un Faraón XIX Dinastía, al menos funciona de cara a los intereses de la historia, como contrapunto del sensato y noble Moisés. Anne Baxter sobreactuada Nefertari, especialmente en la primera parte de la película, que como bien indica Terenci Moix en su obra "Mis inmortales del Cine", hubiera estado magnífica como la pastorcita Sephora, señora de Moisés, papel interpretado por la otrora vampiresa Yvonne de Carlo, quién parece ser fue una de las opciones para Nefertari, pero la actriz solicitó el cambio de roles en un intento por huir de los personajes tentadores y casquivanos que le había tocado interpretar hasta el momento. El resto del elenco es de primer orden, un plantel de actores y actrices cuyo nombre está ligado a la historia de Hollywood, Edward G. Robinson, Vincent Price, Nina Foch, Judith Anderson, Debra Paget, John Derek, John Carradine, Sir Cedric Hardwidcke y un largo etc. que completan y dan brillo a las casi cuatro horas de duración del filme.





La ambientación y escenas de masas son modélicas en su género, lo que unido a su estatura épica, banda sonora y fotografía (la escena de la apertura del Mar Rojo es uno de los iconos del Séptimo Arte) han hecho de ella uno de los clásicos más amados de todos los tiempos, motivo de continúas reposiciones y pases televisivos de éxito asegurado. Los medios invertidos en la obra convirtieron a la película en una de las más caras rodadas hasta entonces, aunque los esfuerzos se vieron compensados con una recaudación que superó los 65 millones de dólares, convirtiéndose en uno de los filmes más taquilleros de la historia del Cine, siendo nominada en siete categorías en la edición de los premios Oscar de 1956 entre los que se encontraban los relativos a mejor película, dirección artística, fotografía, montaje, sonido, vestuario y efectos especiales, aunque solo se alzaría con la estatuilla relativa a esta última categoría, siendo batida en casi todas ellas por otras tres grandes superproducciones de la época, "La vuelta al mundo en 80 días", "Gigante"  y "El Rey y yo" que valdría el Oscar al mejor actor a Yul Brynner.




El impacto de la película y su importancia en la historia del Cine es tan grande que a finales de los noventa fue uno de los títulos considerados por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos para su preservación y conservación en el National Film Registry junto a obras como "Un americano en Paris", "Casablanca", "Pinocho", "El Mago de Oz" o "Ciudadano Kane". Cine en estado puro de principio a fin.

martes, 23 de enero de 2018

Filmoteca Clásica... "Casablanca" (1942) Michael Curtiz


Pocos títulos han alcanzado la estatura mítica de "Casablanca". Sus inmortales imágenes, sus célebres diálogos y la belleza de su leitmotiv emocional, la canción "As time goes by" (El tiempo pasará), forman parte de la cultura sentimental del siglo XX. Tanto es así que son conocidas incluso por aquellos que jamás han visto la película. Y sin embargo como ocurre con tantas obras maestras fue un rodaje tormentoso, con un resultado fruto casi de la casualidad. Para empezar ni Ingrid Bergmand ni Humphrey Bogart fueron las primeras elecciones para los personajes de Ilsa y Rick, aunque la química de la pareja sea hoy día una de las principales bazas de la película y no se conciba la historia sin ellos. Inicialmente la Warner la concibió como un vehículo romántico para la glamourosa Hedy Lamarr y el anodino Ronald Reagan, sin duda alguna el cambio de la pareja protagonista fue determinante, beneficiando enormemente al acabado del filme y su posterior repercusión. Tanto Bogart como Bergmand se convierten en el paradigma de los amantes condenados a no tener un final feliz, inmortalizando la estatura mítica de su amor. Pero ni siquiera este desenlace estuvo claro hasta el final. Es sabido que Ingrid Bergmand se pasó la película preguntándole a su director, Michael Curtiz, de quién debía mostrarse enamorada, si de su esposo en la ficción Paul Henreid o del cínico pero irresistible Boggie. El guión se iba reescribiendo durante el rodaje y en ocasiones los actores no tenían apenas tiempo para ensayar sus escenas, este hecho aportó aún mayor autenticidad a la interpretación de Ingrid, a la inseguridad emocional que transmite durante toda la película, debatiéndose entre su pasión por Bogard y la lealtad hacia su esposo.




El argumento se centra en la búsqueda y lucha por obtener unos pasaportes con los que escapar de Casablanca rumbo a EEUU que Bogard tiene en su poder, en medio del caos de la segunda guerra mundial en una ciudad aparentemente neutral pero vendida a los alemanes. Bogard debe elegir entre quedarse con los documentos y usarlos para retener egoistamente a Ilsa a su lado o permitir que escape de las garras de los nazis con su esposo, líder de la resistencia huido de un campo de concentración alemán. Sin embargo, la historia de amor de Ilsa y Rick es tan potente que el resto de la historia pasa a un segundo plano, incluida la guerra, sólo nos interesa saber cual será el destino de los amantes, interrumpido cuando ella abandonó París de forma misteriosa dejando a Rick desolado.



Ni los actores, ni el equipo técnico se imaginaron que estaban dando vida a uno de los títulos más emblemáticos de la historia del cine. Todos pensaban que iba a pasar con más pena que gloria. Ingrid Bergmand estaba deseando terminar para incorporarse al rodaje de "¿Por quién doblan las campanas?" (1943) que suponía iba a ser uno de los hitos de su carrera, estaba encantada con su personaje de guerrillera española en lucha contra el fascismo que le ofrecía la adaptación de la novela de Hemingway, sin embargo aquella película no aportó gran cosa a su filmografía, sería el culto que obtendría a lo largo de los años el filme de Curtiz quién haría que la actriz ganase la inmortalidad, convirtiéndose en foto fija de la historia del cine y portada del Hollywood clásico. Para Bogart que había alcanzado un estrellado tardío tras largos años de papeles secundarios en la pantalla, fue la película que le consagró y en la que terminó de encontrar su personalidad como estrella, el rol del tipo duro de vuelta de todo, desconfiado y hecho a base de cinismo, pero con buen corazón al fin y al cabo. Una de las citas geniales de la película la da su personaje cuando el Mayor Strasser intenta tantear su ideología política preguntándole cual es su nacionalidad, a lo que Bogart contesta "borracho". El filme está plagado de frases célebres que son un almanaque del cine romántico... "los alemanes iban vestidos de gris y tú de azul", "de todos los cafés del mundo tenía que aparecer en el mío", "tócala Sam, toca el tiempo pasará", "siempre nos quedará París" o la que cierra la película "intuyo que esto es el comienzo de una gran amistad"... Son frases que han calado tan hondo que son utilizadas como muletillas por la cultura popular.



El resto del elenco pertenece a lo mejor de la escudería Warner. Claude Rains como el ambiguo jefe de policía francés, pendiente siempre de sacar provecho de cualquier situación con muy pocos escrúpulos y cuyo papel será determinante en el desenlace de la historia. Paul Henreid como el sufrido esposo de Ilsa, antítesis de Rick, héroe de guerra y representante de la libertad frente a la tiranía nazi. Peter Lorre como el siniestro contrabandista, otro personaje oscuro que se mueve en el un mundo donde el miedo y el instinto de supervivencia cobra un protagonismo esencial en la vida de los personajes. O el fabuloso Conrad Veit uno de los mejores malos de la pantalla, como el odioso Mayor Streasser destinado a morir dejando un final abierto a la esperanza y el triunfo aliado.



La fotografía del filme es sencillamente maravillosa, consiguiendo crear una atmósfera mágica, casi irreal en algunas escenas, dando al blanco y negro una entidad propia que lo sitúa como un personaje más de la trama, apuntalando los sentimientos, desarrollando el mundo interno de los protagonistas. La cuidada iluminación de Bergman es de escuela de cine, no solo la muestra más bella que nunca, hace que aparezca llena de brillo interior realzando el carácter romántico de su personaje, sin duda la actriz aprovecha esta circunstancia como un recurso más sublimando su interpretación. La dirección de Curtiz, magnífica, nos atrapa con un montaje tan bien conseguido que en ningún momento hace sospechar las dificultades creativas por las que pasó el filme durante su gestación. Y no podemos olvidar el tema inmortal del filme, "El tiempo pasará", una magnífica canción que se ha convertido en banda sonora del cine en si mismo, versionada por multitud de primeras figuras de la canción, encontró en la voz de Dooley Wilson su intérprete ideal. Como anécdota comentar que el músico no sabía tocar el piano y tan solo simulaba hacerlo durante las escenas.



"Casablanca" obtuvo un importante éxito en su momento, logrando nada menos que 8 candidaturas a los Oscars de 1943, de los cuales consiguió los relativos a la mejor película, mejor director y mejor guión, en una época en la que el palmares estaba copado de obras maestras año tras año. Sin embargo no sería hasta los años 70, al ser revisado en cine clubs y televisión, cuando empezaría a ser reivindicado como la obra maestra que es, obteniendo el crédito del que goza en la actualidad. Es difícil hablar de ella sin decir algo que ya esté dicho o escrito, es como "Lo que el viento se llevó" (1939) el clásico entre los clásicos, tanto es así que suele aparecer de forma invariable en todas las listas que recogen los mejores títulos de la historia del cine y sus obras más influyentes. Una película absolutamente inolvidable, que lleva hechizando décadas, demostrando que sin duda para ella "el tiempo no pasará..."




miércoles, 17 de enero de 2018

Mis estrellas favoritas... Ingrid Bergmand



Ingrid Bergmand irrumpió en el cine de Hollywood desde su Suecia natal como un descubrimiento formidable. En al reino del artificio, lejos del divismo y superficialidad de sus estrellas, ella era la espontaneidad, la belleza natural, la presencia incontaminada. Es bien sabido que se negó en rotundo a la que la implacable maquinaria de los Estudios la transformase en alguien diferente a sí misma, convirtiéndose en un espécimen único, en las antípodas de su compatriota "La Divina" Garbo. Como ésta causo sensación y el público de todo el mundo la adoró desde el primer momento. 



Debutó en EEUU con el melodrama romántico "Intermezzo" (1939) que no era sino un remake del filme sueco del mismo título que la dio a conocer fuera de su país, desde entonces inició una imparable carrera convirtiéndose en poco tiempo en una de las favoritas de público e industria, en lo que fue la era dorada del Hollywood clásico, beneficiándose de los mejores profesionales y materiales que la industria podía proporcionar en aquellos años. Sin embargo sus dos grandes éxitos, los que la convirtieron en una rutilante estrella, llegaron a sus manos por casualidad ya que tanto "Casablanca" (1943) como "Luz que agoniza" (1944) fueron pensados para la bellísima y sofisticada Hedy Lamarr quien los rechazó haciendo la fortuna de Ingrid. El primer título es en gran parte el responsable de su leyenda, dada la estatura mítica que el filme ha adquirido con los años, en cuando a "Luz que agoniza", dirigida por George Cukor, con su soberbia interpretación de esposa amenazada por un Charles Boyer que quiere volverla loca, ganaría un primer Oscar como mejor actriz aclamado por todos. 


Fue la guerrillera María que lucha junto al miliciano Gary Cooper durante la guerra civil española en la adaptación de la novela de Hemingway "¿Por quién doblan las campanas?" (1943) y la monjita caritativa que acompaña al sacerdote cantarín Bing Crosby en el éxito "Las campañas de Santa María" (1945), pero sería el genio de Hitchcock quién le arrancaría  nuevos registros y un erotismo distante y apasionado, del que tanto gustaba el mago del suspense, impulsando su carrera en dos títulos imprescindibles de su filmografía, "Encadenados" (1946) junto a Cary Grant y "Recuerda" (1945) donde se enamoraba de un amnésico doctor con el rostro de Gregory Peck. En este punto Ingrid era sin duda una de las actrices más veneradas de su tiempo, con la industria y el público a sus pies. Sin embargo la mala elección de sus siguientes vehículos dieron un vuelco a su carrera. Ni su papel de prostituta junto a Boyer y Charles Laughton en "Arco de triunfo" (1948), ni el tedioso misticismo de "Juana de Arco" (1948) convencieron a nadie. Una tercera colaboración con Hitchcock en uno de sus títulos menos conocidos,"Atormentada" (1949), no mejoró las cosas haciendo que su potencial en taquilla disminuyese de forma alarmante. La situación se complicó aún más cuando abandono América y a su marido e hija para ponerse a las órdenes de Roberto Rossellini en "Stromboli" (1950), iniciando además una sonada relación con el realizador italiano que sería piedra de escándalo en la época. 


Se dice que Ingrid quedó absolutamente prendada del talento de Rossellini tras visionar "Roma, ciudad abierta" (1945) y escribió al director una famosa carta poniéndose a su entera disposición, manifestando un ferviente deseo de trabajar a sus órdenes. Tras conocerse la admiración por el genio se hizo extensiva al hombre y abandonó su matrimonio y su fructífera carrera para instalarse en Italia junto a su nuevo amor, con quién terminaría por contraer matrimonio tras gestar de forma de forma ilegítima al primer hijo de ambos, Roberto, ya que la actriz aún no tenía el divorcio de su anterior esposo. Esta situación desató la ira de las ligas católicas de EEUU que llegaron a pedir su excomunión e incluso fue declarada "persona non grata". Desde ese momento tanto su relación como sus siguientes películas en Europa a las órdenes de su marido la convirtieron prácticamente en una proscrita. Los títulos rodados por Rosselini, "Europa 51" (1952), "Te querré siempre" (1954) o "Juana de Arco en la hoguera" (1954), no tuvieron apenas ninguna repercusión y estuvieron a punto de apagar su estrella, además de colocarla en una difícil situación financiera, acrecentando una crisis matrimonial que acabó en divorcio tras dar a luz a dos hijas más, una de ellas la también actriz Isabella Rosselini, heredera de la belleza luminosa y clásica de su madre.


Tras la separación de Rossellini regresó a Hollywood obteniendo un enorme éxito y el perdón de la industria en forma de un segundo Oscar como mejor actriz por su interpretación de la sufrida "Anastasia" (1957), hija del Zar de todas las Rusias empeñada en demostrar desesperadamente a todo el mundo que había sobrevivido al fusilamiento de su familia por los bolcheviques, aunque no la creía ni su sombra ella al menos se llevaba del brazo a un sexy Yul Brinner como premio de consolación. Gracias al éxito del filme pudo vivir una segunda carrera con algunos títulos importantes como la deliciosa comedia "Indiscreta" (1958), la superproducción "El albergue de la sexta felicidad" (1958) o el delicado melodrama "No me digas adiós" (1961). En adelante se repartiría entre el cine, el teatro y la televisión a partes iguales, consiguiendo algunas interpretaciones memorables como la obra televisiva "Hedda Gabler" o su excelente composición de niñera apocada y religiosa de "Asesinato en el Orient Express" (1974) que le valdría su tercer Oscar, esta vez como mejor secundaria.


"Nina" (1976) junto a Liza Minnelli y "Sonata de Otoño" serían sus últimos títulos para la gran pantalla. En 1975 se le diagnosticó un cáncer de mama que lejos de apocarla, hizo que se volcase en su profesión trabajando sin descanso, dando una vez más cuenta de su temperamento visceral y rebelde. En 1981 inicio el rodaje en Israel de la serie para televisión "Una mujer llamada Golda" (1982) basada en la vida de la primera ministra israelí Golda Meir, por la que obtendría varios premios entre ellos el Globo de Oro a la mejor actriz, pero que supondría todo un reto a su frágil salud, precipitando un triste final el mismo día en que cumplía 67 años. 


Los cinéfilos de todo mundo lloramos desconsoladamente a nuestra "Ilsa", ella se marcho con esa maravillosa sonrisa y ese brillo en los ojos que enamoraron a Humphrey Bogart y al mundo entero en un café americano de Marruecos mientras sonaban las notas inmortales de "El tiempo pasará", sin embargo nadie se olvidó jamás de la etérea, rebelde y maravillosa Ingrid Bergman.