sábado, 8 de abril de 2017

CON ACENTO ESPAÑOL... AURORA BAUTISTA




Pocas actrices causaron un impacto tan grande en la industria española como está trágica vallisoletana, emigrada desde muy pequeña a Barcelona, con su primera intervención en la pantalla. De la noche a la mañana se convirtió en la estrella por antonomasia de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, gracias al personaje de Juana “La loca” en unos de los títulos clave de la historia de nuestro cine, esa “Locura de amor” (1948) tan carpetovetónica y controvertida como el cine de su director, Juan de Orduña, experto en crear estrellas cinematográficas como demuestran los casos de Sara Montiel, Juanita Reina o Jorge Mistral entre otros. Aquel tremendo dramón, adaptación de la obra homónima de Tamayo y Baus, se convirtió en un éxito fulminante consagrando a su protagonista e instaurando un modelo interpretativo grandilocuente y excesivo que causo furor en la época, en el que sin duda alguna Aurora Bautista fue su máximo exponente, tanto en cine como en teatro con obras como “Fuenteovejuna”, “Antígona”, “Medea” y un largo etcétera.




Si “Locura de amor” la convirtió en la actriz más popular de aquellos años, sus dos siguientes títulos a las órdenes de Orduña “Pequeñeces” (1949) y “Agustina de Aragón” (1950) fijaron su imagen en la historia del cine español, convirtiéndose (parece ser que muy a su pesar) en la representante de un género vetusto y ampuloso que sería el sello de la productora Cifesa, el estudio más importante alumbrado por la industria española, con un modelo de producción similar al de Hollywood, que incluía contratos a largo plazo con los artistas más importantes del momento, impresionantes promociones, platós con grandes decorados y equipos técnicos bajo contrato. Para bien o para mal estas películas marcaron la tónica general de toda una época del cine español y Aurora permaneció tan asociada a los mismos como el cañonazo de Agustina, la locura de Juana de Castilla o los salones decimonónicos de la Marquesa Currita Albornoz de “Pequeñeces”.


Con tan solo tres títulos la Bautista se sitúa a la cabeza de las actrices del momento, favorita del público y la industria deseosa de contar con su colaboración. Sin embargo ella aspiraba a significar algo más en otro tipo de cine más moderno y de mayor prestigio artístico que el que le ofrecía la producción española de aquellos años. A causa de este empeño por cambiar de registro, la actriz rompe la colaboración con Orduña, que le había ofrecido protagonizar “La leona de Castilla” (1951) su siguiente proyecto histórico, y fija su mirada en la revelación que supuso “Cielo negro” (1951), un intento de cine realista y con una estética que bebía de las fuentes del cine italiano máximo exponente de calidad cinematográfica en aquellos años. Con esta premisa busca ser dirigida por el autor de aquella obra, Manuel Mur Oti, sin embargo “Condenados” (1953) un drama rural anodino y falto de interés supone una experiencia fallida que hace que Aurora desencantada del cine vuelva los ojos hacia el teatro interpretando a las órdenes de Tamayo y Luis Escobar una seria de obras clásicas y contemporáneas que mantienen su estatus artístico durante toda la década de los 50 en la que apenas se asoma a la pantalla.


A principios de los años 60 regresa al cine de nuevo bajo la dirección de Orduña con un ambicioso proyecto que narraba la vida y milagros de Santa Teresa de Ávila, sin embargo “Teresa de Jesús” (1961) se convierte en otro filme fallido, rodado fuera de tiempo, condicionado por un estilo narrativo pasado de moda, completamente ajeno a los nuevos aires que impulsaban el cine español  y lastrado por la opresiva presencia de la censura franquista que mutila sin piedad el guión original a pesar de haber obtenido el beneplácito del mismísimo Vaticano.


Viendo truncadas de nuevo las expectativas de recuperar su relevancia en la pantalla a través de un proyecto interesante y de calidad, la actriz marcha a México donde contrae matrimonio. A su regreso a España obtiene de nuevo un éxito, esta vez unánimemente aclamado por toda la crítica, en la que se convertiría en su mejor interpretación y el filme más destacado de toda su filmografía, “La tía Tula” (1964) dirigida por Miguel Picazo, quién a pesar de acoger su elección con reservas se deshizo en parabienes con ella tras contemplar el resultado. En el papel de la solterona de provincias, acosada por su cuñado viudo y sometida a los convencionalismos opresivos de una sociedad puritana y tradicional, Aurora ofreció una magnífica interpretación llena de matices y muy alejada de su registro habitual. En adelante Tula se convertiría en su papel más significativo y en el filme preferido de la actriz.


Tras este título poco más daría de sí su carrera cinematográfica a excepción de algún éxito aislado como el culebrón “El derecho de nacer” (1964) rodado en tierras mexicanas, como la muchacha de buena sociedad que se ve obligada a renunciar a su hijo bastardo e ingresa en un convento movida por el remordimiento, reencontrándose con el hijo ya adulto siendo monja, en una dramática y conmovedora escena, de fácil efecto para corazones sensibles. A mediados de la década de los 80 brindaría extraordinarias interpretaciones, ya como característica en papeles secundarios en títulos como “Extramuros” (1985), “Divinas palabras” (1987) o la fantástica comedia surrealista “Amanece que no es poco” (1989). Mención aparte merece su participación estelar junto a otros dos mitos de nuestro cine, Ana Mariscal e Imperio Argentina, en la obra maldita de Javier Aguirre “El polizón del Ulises” (1987) ocasión única para mitómanos de ver en acción a tres auténticas divas del pasado, mostrando su categoría interpretativa y carisma imperecedero.




Falleció en 2012 de un modo inesperado y repentino a consecuencia de una insuficiencia respiratoria. Para el recuerdo nos queda la presencia de una gran Dama del cine y la escena española que, a pesar de la imagen conservadora de gran parte de su filmografía, siempre buscó dignificar su trabajo apostando por otras líneas expresivas diferentes, a veces arriesgando como demostró en una de sus películas más delirantes, “Los pasajeros” (1975), donde su exhibición de busto causó conmoción entre el público de la transición, sorprendido frente a las veleidades eróticas de su otrora Reina Santa y abanderada histórica.



Su estilo de declamación, su manera de gestualizar , su temperamento dramático marcaron toda una etapa de nuestro cine en la que las grandes pasiones se vivían en medio del lujo de salones cortesanos, donde las grandes figuras de la historia eran usados como excusa de la grandeza y poderío de una España trasnochada anclada en un pasado glorioso frente a un presente incierto. En este contexto Aurora Bautista luchó por superar la máscara que la encumbró sin conseguirlo completamente y es que ella hizo de su galería de heroínas históricas algo más grande que el cine que las contenía.

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