sábado, 8 de abril de 2017

CON ACENTO ESPAÑOL... AURORA BAUTISTA




Pocas actrices causaron un impacto tan grande en la industria española como está trágica vallisoletana, emigrada desde muy pequeña a Barcelona, con su primera intervención en la pantalla. De la noche a la mañana se convirtió en la estrella por antonomasia de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, gracias al personaje de Juana “La loca” en unos de los títulos clave de la historia de nuestro cine, esa “Locura de amor” (1948) tan carpetovetónica y controvertida como el cine de su director, Juan de Orduña, experto en crear estrellas cinematográficas como demuestran los casos de Sara Montiel, Juanita Reina o Jorge Mistral entre otros. Aquel tremendo dramón, adaptación de la obra homónima de Tamayo y Baus, se convirtió en un éxito fulminante consagrando a su protagonista e instaurando un modelo interpretativo grandilocuente y excesivo que causo furor en la época, en el que sin duda alguna Aurora Bautista fue su máximo exponente, tanto en cine como en teatro con obras como “Fuenteovejuna”, “Antígona”, “Medea” y un largo etcétera.




Si “Locura de amor” la convirtió en la actriz más popular de aquellos años, sus dos siguientes títulos a las órdenes de Orduña “Pequeñeces” (1949) y “Agustina de Aragón” (1950) fijaron su imagen en la historia del cine español, convirtiéndose (parece ser que muy a su pesar) en la representante de un género vetusto y ampuloso que sería el sello de la productora Cifesa, el estudio más importante alumbrado por la industria española, con un modelo de producción similar al de Hollywood, que incluía contratos a largo plazo con los artistas más importantes del momento, impresionantes promociones, platós con grandes decorados y equipos técnicos bajo contrato. Para bien o para mal estas películas marcaron la tónica general de toda una época del cine español y Aurora permaneció tan asociada a los mismos como el cañonazo de Agustina, la locura de Juana de Castilla o los salones decimonónicos de la Marquesa Currita Albornoz de “Pequeñeces”.


Con tan solo tres títulos la Bautista se sitúa a la cabeza de las actrices del momento, favorita del público y la industria deseosa de contar con su colaboración. Sin embargo ella aspiraba a significar algo más en otro tipo de cine más moderno y de mayor prestigio artístico que el que le ofrecía la producción española de aquellos años. A causa de este empeño por cambiar de registro, la actriz rompe la colaboración con Orduña, que le había ofrecido protagonizar “La leona de Castilla” (1951) su siguiente proyecto histórico, y fija su mirada en la revelación que supuso “Cielo negro” (1951), un intento de cine realista y con una estética que bebía de las fuentes del cine italiano máximo exponente de calidad cinematográfica en aquellos años. Con esta premisa busca ser dirigida por el autor de aquella obra, Manuel Mur Oti, sin embargo “Condenados” (1953) un drama rural anodino y falto de interés supone una experiencia fallida que hace que Aurora desencantada del cine vuelva los ojos hacia el teatro interpretando a las órdenes de Tamayo y Luis Escobar una seria de obras clásicas y contemporáneas que mantienen su estatus artístico durante toda la década de los 50 en la que apenas se asoma a la pantalla.


A principios de los años 60 regresa al cine de nuevo bajo la dirección de Orduña con un ambicioso proyecto que narraba la vida y milagros de Santa Teresa de Ávila, sin embargo “Teresa de Jesús” (1961) se convierte en otro filme fallido, rodado fuera de tiempo, condicionado por un estilo narrativo pasado de moda, completamente ajeno a los nuevos aires que impulsaban el cine español  y lastrado por la opresiva presencia de la censura franquista que mutila sin piedad el guión original a pesar de haber obtenido el beneplácito del mismísimo Vaticano.


Viendo truncadas de nuevo las expectativas de recuperar su relevancia en la pantalla a través de un proyecto interesante y de calidad, la actriz marcha a México donde contrae matrimonio. A su regreso a España obtiene de nuevo un éxito, esta vez unánimemente aclamado por toda la crítica, en la que se convertiría en su mejor interpretación y el filme más destacado de toda su filmografía, “La tía Tula” (1964) dirigida por Miguel Picazo, quién a pesar de acoger su elección con reservas se deshizo en parabienes con ella tras contemplar el resultado. En el papel de la solterona de provincias, acosada por su cuñado viudo y sometida a los convencionalismos opresivos de una sociedad puritana y tradicional, Aurora ofreció una magnífica interpretación llena de matices y muy alejada de su registro habitual. En adelante Tula se convertiría en su papel más significativo y en el filme preferido de la actriz.


Tras este título poco más daría de sí su carrera cinematográfica a excepción de algún éxito aislado como el culebrón “El derecho de nacer” (1964) rodado en tierras mexicanas, como la muchacha de buena sociedad que se ve obligada a renunciar a su hijo bastardo e ingresa en un convento movida por el remordimiento, reencontrándose con el hijo ya adulto siendo monja, en una dramática y conmovedora escena, de fácil efecto para corazones sensibles. A mediados de la década de los 80 brindaría extraordinarias interpretaciones, ya como característica en papeles secundarios en títulos como “Extramuros” (1985), “Divinas palabras” (1987) o la fantástica comedia surrealista “Amanece que no es poco” (1989). Mención aparte merece su participación estelar junto a otros dos mitos de nuestro cine, Ana Mariscal e Imperio Argentina, en la obra maldita de Javier Aguirre “El polizón del Ulises” (1987) ocasión única para mitómanos de ver en acción a tres auténticas divas del pasado, mostrando su categoría interpretativa y carisma imperecedero.




Falleció en 2012 de un modo inesperado y repentino a consecuencia de una insuficiencia respiratoria. Para el recuerdo nos queda la presencia de una gran Dama del cine y la escena española que, a pesar de la imagen conservadora de gran parte de su filmografía, siempre buscó dignificar su trabajo apostando por otras líneas expresivas diferentes, a veces arriesgando como demostró en una de sus películas más delirantes, “Los pasajeros” (1975), donde su exhibición de busto causó conmoción entre el público de la transición, sorprendido frente a las veleidades eróticas de su otrora Reina Santa y abanderada histórica.



Su estilo de declamación, su manera de gestualizar , su temperamento dramático marcaron toda una etapa de nuestro cine en la que las grandes pasiones se vivían en medio del lujo de salones cortesanos, donde las grandes figuras de la historia eran usados como excusa de la grandeza y poderío de una España trasnochada anclada en un pasado glorioso frente a un presente incierto. En este contexto Aurora Bautista luchó por superar la máscara que la encumbró sin conseguirlo completamente y es que ella hizo de su galería de heroínas históricas algo más grande que el cine que las contenía.

miércoles, 15 de febrero de 2017

MIS ESTRELLAS FAVORITAS... FRED ASTAIRE


Clásico, perfeccionista, impecable… Él es junto con Gene Kelly la esencia del bailarín cinematográfico. En cualquier película en la que aparece y rompe en algún momento a bailar, la pantalla se llena de magia al margen de la calidad del filme. Cuando uno ve a Astaire bailar siente que el hombre ha nacido para hacerlo de un modo tan natural e instintivo como respirar. Nada más lejos de la realidad, era un profesional exigente que empleaba horas de ensayos y exigía la misma dedicación y entrega a sus bailarinas y el equipo que rodeaba sus espectaculares coreografías. Sin Astaire no existiría el musical americano…



Su talento era tan brillante que podía hacer de cualquier objeto inanimado su pareja, como la célebre escena en la que baila con un perchero en “Bodas reales” (1952), las filigranas realizadas en el mismo título en una espectacular coreografía por el suelo, paredes y techo de una habitación, narrando con su danza lo fantástico que es estar enamorado o en el número “Shoes with Wings On” de “Vuelve a mí” (1949) donde interactúa con una decena de zapatos que danzan a su alrededor sin dueño.


Cuando llegó al mundo del cine contaba ya con 34 años, edad tardía para hacer carrera en la pantalla. En la prueba a la que le sometieron en la RKO, una de las productoras más modestas de Hollywood, lanzaron como veredicto: “No sabe cantar, no sabe actuar, está calvo… Baila un poco”. Astaire llevaba a sus espaldas una larga y exitosa carrera como bailarín teatral con su hermana Adele. Cuando esta se casó la pareja hubo de disolverse y él probó fortuna en la soleada California. Su primera incursión consistió en una pequeña aparición junto a la estrella de la Metro Joan Crawford en la película “Alma de bailarina” (1933), pero en su siguiente título “Volando a Río de Janeiro” (1933) él y su pareja, una rubia descarada llamada Ginger Rogers, se lanzaron a la pista con un pegadizo baile tropical, “La Carioca”, y entraron en la inmortalidad… El resto es historia del séptimo arte. Hoy nadie recuerda que aquel título estaba protagonizado por la bellísima Dolores del Río y Gene Raymond, pero Fred y Ginger se llevaron todos los elogios y el cariño del público, iniciando una fructífera colaboración a lo largo de nueve títulos  que les elevaría a la categoría de mitos del cine, no solo musical, sino del Hollywood clásico, llenado la pantalla de bailes y entretenimiento.

En la modesta RKO, Astaire encontró en Ginger el complemento ideal. Él era clásico y ella moderna, aparte de una magnifica actriz que se adaptaba a la perfección al juego de aquellas comedias de enredo y a las coreografías del bailarín, como si de una hermosa sombra se tratara, envolviéndose y elevándose entre sus brazos  como parte de un poema musical de tres minutos de duración. Sus danzas clásicas son el origen de los bailes de salón, por si mismos iniciaron todo un apartado en el terreno del cine musical de todos los tiempos.


La pareja se rompió en 1939, al parecer por las aspiraciones de Ginger a obtener papeles de mayor calado dramático y cansada de ver su talento soterrado a la sombra del de Astaire. Cuando diez años más tarde la Metro les volvió a juntar en la historia de dos bailarines que se separan cuando ella quiere emprender una carrera dramática en solitario, trasunto de su propia vida, en la citada “Vuelve a mí” (1949) las pantallas volvieron a vibrar como en los mejores tiempos, envolviendo la leyenda en nubes Technicolor. Cada aparición conjunta de ambos en este título valía su peso en oro, dando ejemplo a porque se convirtieron en legendarios.


Lejos de Ginger, Astaire fue pasando por distintas productoras hasta recalar en la Metro, donde asentó su leyenda a las órdenes del productor Arthur Fred y su famosa “Fred Unit” el equipo que dio a la pantalla los mejores títulos musicales que conformaron la edad de oro del género. Aparte de dos deliciosos escarceos en la Columbia "Bailando nace el amor" (1942) y "Desde aquel beso" (1941), con Rita Hayworth, a la que Astaire consideró su mejor pareja de baile en adelante, por sus brazos pasaron las mejores bailarinas del Séptimo arte... Judy Garland, Ann Miller, Cid Charisse, Vera Ellen, Leslie Caron... Incluso nos deleito con un dúo inolvidable junto a su pareja más extraña y extraordinaria, Gene Kelly en el número "The babbitt and the bromide" del filme de Minnelli "Ziedfield Follies" (1945).


A medida que los días de gloria del musical cinematográfico fueron pasando Astaire fue espaciando sus apariciones en la pantalla, aunque tuvo tiempo de participar en algunos de los mejores "cantos de cisne" del género como "Melodías de Broadway 1955" (1953) y "La bella de Moscú" (1957) ambas con la bellísima Cyd Charisse o "Una cara con ángel" (1957) donde un Astaire con 58 años aún daba lecciones de danza a una encantadora damita llamada Audrey Hepburn.


Falleció a los 88 años de una neumonía, dejando al cine un poco más huérfano de la magia y el encanto capaces de encender las pantallas, pero su leyenda permanece grabando su nombre en notas clásicas. Como dijo en una ocasión la gran Cyd Charisse, "bailar con Fred una vez representa la consagración, hacerlo dos veces supone la inmortalidad"...

martes, 14 de febrero de 2017

FILMOTECA CLÁSICA... "El cartero siempre llama dos veces" (1946) Tay Garnett


Un vagabundo llega a un mediocre restaurante de carretera buscando empleo... Una vez sentado dentro del local ve como un pintalabios rueda por el desgastado suelo... Al alzar la mirada va contemplando las piernas, cintura y pecho de su propietaria, en un magnífico contraplano vemos la reacción en la cara del protagonista causada por la visión de un rostro perfecto de diosa sexual... Con esta escena soberbiamente narrada se intuye el drama que va a desarrollarse en uno de los filmes negros más famosos de la historia del Cine y sin duda alguna uno de los mejor construidos...


Lana Turner contaba con 25 años cuando interpretó esta película confirmando una categoría de estrella que mantendría hasta el final de sus días. Su presencia es todo en la historia, su figura tentadora, la ambigüedad que respira su personaje durante toda la cinta, la pasión irracional que despierta su aparición en cada plano hicieron de esta una de las mejores oportunidades de su carrera a la que la actriz supo aferrarse saliendo triunfante sin grandes métodos interpretativos, pero utilizando todos los recursos innatos de una estrella que nació para hipnotizar la pantalla hechizando a los espectadores con su sola presencia. Ella es la esencia y presencia dominante en toda la película, tejiendo los hilos, manejando a su antojo a todos los personajes de la historia.


Junto a la divina presencia de Lana, John Garfield, un magnífico actor de método, prototipo de la masculinidad, que se alzó como uno de los primeros rebeldes de Hollywood, precursor de Brando o Dean. Garfield fue uno de los mejores actores de su época, cuya carrera fue cruelmente truncada por la tristemente célebre "caza de brujas", al ser considerado simpatizante comunista por rebelarse contra las ideas conservadoras del senador McCarthy, siendo incluido en las listas negras del "comité de actividades antiamericanas". Su temprana muerte de un ataque al corazón a los 39 años, se consideró una causa directa de la persecución sufrida a consecuencia de sus ideas, convirtiéndose en una víctima de esta etapa negra Hollywood y de la vida estadounidense. Garfield brinda en la película una interpretación redonda, absolutamente magistral. Su encarnación del hombre cínico, rudo, de vuelta de todo que sin embargo es atrapado en las redes de una mantis religiosa con figura de Esfinge, es tan real que hace creíble la historia consiguiendo que esta cobre vida.


La atmósfera de la película es soberbia, carnal, inquietante... Sosteniendo la idea de que algo irremediable va a ocurrir de un momento a otro. A ello contribuye una soberbia dirección y una excelente fotografía y planificación escénica que rebela el fatalismo característico del cine negro americano propio de los años 40, época en la que las historias se volvieron más oscuras, desencantadas y realistas dando nombre a un género nacido al amparo de la terrible experiencia que supuso la segunda guerra mundial en la que el mundo perdió una parte de su inocencia.


A pesar de su excelente calidad el filme no obtuvo ni una sola nominación a los Oscar de ese año. Lo cierto es que la brutal concentración de títulos "clásicos" en esa fructífera etapa del cine americano hizo que muchas películas quedasen fuera de palmarés. Aquel 1946 además del filme de Garnett, quedaron fuera de concurso títulos inmortales como "Gilda" de Charles Vidor, "El sueño eterno" de Howard Hawks, otros dos magníficos "filmes negros" o "Pasión de los fuertes" un western de John Ford, imprescindible a la hora de abordar el género.

La película tuvo un célebre remake en 1981 interpretado por Jack Nicholson y Jessica Lange, cuyo papel de Cora convirtió a esta última en estrella de la década como hubiera hecho años antes con Lana Turner. Lange aparece desprovista del glamour de su predecesora, pero la carnalidad y sensualidad que sabe imprimir a su personaje, aparte de unas escenas de alto voltaje sexual, compusieron una Cora muy distinta pero igualmente inolvidable, convirtiendo el filme en un gran éxito.

jueves, 27 de octubre de 2016

FILMOTECA CLÁSICA... "LA CARTA" (1940) WILLIAM WYLER


Aunque es difícil elegir un título en la filmografía de una de las grandes actrices de la historia, creo mi Bette favorita es la de "Jezabel" (1938). Esa Julie malcriada, egoísta e incluso cruel, acostumbrada a hacer su santa voluntad y redimida por el sacrificio de acompañar al hombre amado a una leprosería, se encuentra en un lugar muy alto en mi memoria cinéfila. Sin embargo he de reconocer que esta Leslie de “La carta” es posiblemente junto a la Eva de “Eva al desnudo” (1950) una de las interpretaciones mejor construidas de toda su trayectoria. Bette es el alma de la película, en un argumento creado en torno a su personaje donde ella reina sin competencia posible, aunque todo el filme de principio a fin está tan bien construido que encaja con la precisión de un engranaje servido a la medida del mejor melodrama clásico.


En este caso la maldad de Bette no alcanza redención posible… Asesina, miente y destruye la vida de cuantos le rodean en nombre de un amor egoísta incapaz de soportar el rechazo, ni superar los convencionalismos sociales. La cantidad de matices que Bette aporta a su personaje en la cinta es magnífica, ofreciendo un soberbio recital que es fantásticamente retratado por el director William Wyler, amante por aquel entonces de la estrella.


La fotografía de la película es impecable, realzando la sensualidad e intensidad de la historia cuando se precisa, especialmente en las escenas finales con esa luna omnipresente poniendo tintes dramáticos al desenlace, haciendo protagonista de la situación al paisaje, presentimiento fatal, que nos alerta de lo que está a punto de ocurrir como culmen de la historia, dando cuenta sin duda de la sabiduría cinematográfica de Wyler, un auténtico genio que se movía como pez en el agua en este tipo de argumentos servidos a la medida de su estrella favorita, pero que conseguía sublimarlos, formando un binomio magnífico que servia al acabado perfecto de la obra. De hecho las películas en las que Bette se dedica a ser "la mala" sin más, en un argumento que resalta los aspectos de su villanía sin un director como Wyler que sublime el resultado, la obra se resiente considerablemente a pesar del talento indiscutible de la actriz.


Acompañando a la estrella algunos de los mejores actores de la escudería Warner, nombres habituales en los vehículos de Davis. Herbert Mashall como el anodino esposo engañado que no se entera de nada de lo que acontece a su alrededor, James Stephenson como el abogado amigo de la familia que se ve obligado a defender los manejos de la arpía protagonista y Gale Sondergaard como la exótica malasia, mano ejecutora de la venganza que se anuncia desde su primera aparición aún sin pronunciar palabra alguna al respecto.


Al igual que “La Loba” (1940) el guión original se inspira en una obra de teatro, en este caso de W. Somerset Maugham, autor entre otras de “Servidumbre humana” o “El filo de la navaja”,  estrenada a finales de los años 20 con notable éxito con Gladys Cooper como protagonista. En 1938 fue interpretada en el Radioteatro Lux por Merle Oberon y Walter Huston, pero sin duda alguna debe su fama internacional a esta adaptación para el cine por Wyler con Bette Davis como protagonista en el mayor momento de popularidad y prestigio. Bette había creado un estilo de interpretación sumamente personal, que hacia las delicias de crítica y público y le habían llevado a un puesto de ventaja dentro de la Warner Brothers productora que la tenía bajo contrato, convirtiéndose en la reina absoluta del estudio, con decisión para elegir argumentos, directores y compañeros de reparto, papel que ella deseó en aquellos años no fue a parar a manos de ninguna otra actriz. Sin duda alguna parte de ese éxito se debía al carácter de la estrella que volcaba todo su talento y esfuerzo en cada personaje, lo que le llevó en ocasiones a tener fuertes discusiones con los directores sobre la construcción dramática de los mismos y encontronazos con la productora ante la negativa a interpretar papeles que ella consideraba no estuvieran a la altura de su personalidad o estatura como actriz, convirtiéndose en una de las grandes rebeldes de Hollywood, que llegó a pleitear contra los estudios Warner en su lucha por obtener mejores oportunidades.


En "La carta" tanto ella como Wyler dan buena cuenta de una forma de hacer cine, que quedó para siempre enterrada entre los fotogramas del celuloide clásico y que sin embargo sigue funcionando como algo perfecto a cada revisión, manteniendo al espectador fijo en la historia y cuanto en ella acontece hasta el final. La película fue nominada en siete categorías distintas (película, actriz, director, fotografía, montaje, actor de reparto y música) aunque no obtuvo ningún galardón, si bien es cierto que aquel año la competencia era brutal. El filme tuvo que lidiar con títulos inmortales como "Historias de Filadelfia", "El ladrón de Bagdad", "Pinocho", "Las uvas de la ira", "El gran dictador" o "Rebeca" que se alzaría con el galardón a la mejor película de 1940.


Independientemente de los premios otorgados el filme obtuvo un enorme éxito y se convirtió casi de inmediato en unos de los clásicos inmortales de director y actriz, pasando, entre otras cosas, a la historia por la célebre frase "Todavía amo con todo mi corazón al hombre a quién he matado", usada acertadamente en la promoción de la película.

martes, 30 de agosto de 2016

MIS ESTRELLAS FAVORITAS... HEDY LAMARR, LA TENTACIÓN Y EL ÉXTASIS...



Aunque nunca llegó a destacar por sus cualidades interpretativas fue sin duda uno de los rostros más perfectos que jamás se asomó a la pantalla. Reina del glamour, creadora de un estilo personalísimo y poseedora de una vida intensa y apasionante. Su carrera arrancó con la aureola del escándalo haciéndose famosa por ser la primera actriz que apareció completamente desnuda en el filme checo “Extasis” (1933), en la que además simulaba un orgasmo en una de las escenas de la película, contando tan solo con 19 años, dando ya cuenta de su carácter moderno y transgresor.


A pesar de su imagen de muñeca plastificada parece ser que tenía una inteligencia fuera de lo común, lo que la llevó a estudiar ingeniería técnica con tan solo 16 años, llegando a ser coinventora de la primera versión de “espectro ensanchado” junto al compositor George Antheil, que mejorada en la época digital daría lugar a la tecnología Wifi. Teniendo una gran actividad en este sentido durante los años de la segunda guerra mundial a favor de la causa aliada.


El escándalo despertado con su intervención en “Extasis” hizo que el magnate armamentístico de origen judío Friedrich Mandl, colaborador del régimen nazi, se fijase en ella concertando un matrimonio de conveniencia con los padres de la artista, del que ella salió huyendo años más tarde a París, para posteriormente embarcarse a Londres y de allí a EEUU, donde el todopoderoso Louis B. Mayer, jefe de la Metro, la convirtió en una de las predilectas del estudio, protegida personal suya, reactivando una carrera que a partir de entonces permaneció asociada al cine americano hasta su declive y retirada.


A pesar de haber cursado estudios de arte dramático en su juventud con el director alemán Max Reinhardt, su carrera no se edificaría precisamente sobre su talento interpretativo, fue su atractivo físico el que cimentó una filmografía completamente al servicio de su soberana belleza, protagonizando una treintena de filmes en los que llenaba la pantalla con su imagen cautivadora, sin enterarnos en ningún momento si además sabía interpretar… Tampoco importaba… Su rostro hierático, impasible, incapaz de transmitir emoción alguna, era la imagen proyectada de una Diosa que había bajado del Olimpo a la pantalla para cautivar con su mirada a los mortales que acudían a contemplar sus romances junto a los galanes de moda, destinados a ser esclavos de la fascinación despertada por la Dama.



La Metro, experta a la hora de fabricar estrellas, supo elegir los vehículos donde Hedy pudiera lucirse, impecablemente vestida y convenientemente iluminada, en una atmósfera romántica e irreal de ambientes exóticos, en algunas ocasiones como el de "White Cargo" (1942) decididamente absurdos. De esta guisa apareció en títulos como “Argel” (1939), “La Dama de los trópicos” (1939), “Esta mujer es mía” (1940) o “Las chicas de Ziegfield” (1941). Hubo algún intento de explorar otros registros como en la comedia “Camarada X” (1940) junto al “Rey” Gable, donde se intentaba parangonar con la mismísima Greta Garbo, emulando el éxito personal de “La Divina” en “Ninotchka” (1939) o en el melodrama costumbrista “Cenizas de amor” (1941) donde por fin y casi por única vez dejó atisbar su talento como actriz a las órdenes del gran King Vidor.


La segunda mitad de los años cuarenta transcurrió entre vehículos a su servicio sin nada destacable más allá de su hermosa presencia y el oropel del que los estudios sabían rodear este tipo de producciones, dejando escapar dos de las mejores oportunidades de su carrera al rechazar las protagonistas de “Casablanca” (1943) y “Luz de gas” (1944) que hicieron la fortuna de Ingrid Bergman consagrándola como estrella de cine y una de las favoritas del público de la época.


A finales de la década logró apuntarse un triunfo personalísimo cuando Cecil B. de Mille uno de los erotómanos más consumados de la historia del Cine, la eligió para representar a una de las tentadoras bíblicas más famosas en “Sansón y Dalila” (1949) junto al fornido Víctor Mature. Tras este enorme éxito de público que resucitó las películas de temática pseudo religiosa, abriendo un ciclo que se haría inmensamente popular durante los años cincuenta, su carrera fue en franca decadencia, protagonizando películas de bajo presupuesto y escaso interés que precipitaron una pronta retirada de la pantalla. Su rostro además se había endurecido, envejeciendo prematuramente, lo que hizo sin dudas que los productores perdieran interés en ella, al verse dañado parte de su principal atractivo ante el público.


Su situación financiera se vio bastante resentida durante aquellos años ociosos, siendo subastados todos sus bienes, incluida una copiosa colección de arte que la actriz había ido compilando en sus años de gloria. Al igual que en sus inicios su vida terminó rodeada de anécdotas escandalosas y sensacionalistas. Fue acusada de cleptómana por robar en un supermercado y posteriormente la publicación de su autobiografía “Ecstasy and me”, donde reflejaba un detallado catálogo de amantes y una azarosa vida sexual, despertó los comentarios más escabrosos. Aunque Hedy demandó a la Editorial aludiendo que habían alterado sus Memorias con el fin de obtener un éxito de ventas la polémica alrededor de su figura estaba servida.


Como tantas otras “Diosas” se llevó la verdad consigo, dejando una estela de leyenda a su paso que mantiene viva su memoria de mujer única, inconformista, vividora y abuela de un invento tecnológico por el que finalmente logró más reconocimiento que en ninguna de sus películas, dando cuenta de una personalidad tan fascinante como esa belleza insultante, irreal, que la convirtió en una postal fija y eterna en la retina del espectador clásico…

Divina Hedy, genial Hedwig Eva Maria Kiesler...

miércoles, 13 de julio de 2016

FILMOGRAFÍA CLÁSICA... "LA LOBA" (1941) WILLIAM WYLER


Basada en una obra de la dramaturga Lillian Hellman fue uno de los mayores triunfos en la carrera de Bette Davis, hasta el punto de que su personalidad cinematográfica quedó asociada a este apodo dadas las características del personaje de Regina Giddens, una mujer ambiciosa, manipuladora, fuerte y sin escrúpulos, muchas de las cualidades que conformaron la personalidad cinematográfica de Bette en la pantalla. Lo cierto es que el papel protagonista de la obra se ceñía como anillo al dedo al temperamento artístico de Davis y está aprovechó la oportunidad brindando una de las interpretaciones más soberbias de su extensa filmografía y de la historia del cine. Su talento y el del director William Wyler hicieron que el filme se convirtiera en uno de los clásicos imperecederos del melodrama sureño americano, como ya habían conseguido tres años antes con “Jezabel”, otra interpretación poderosa que le valió a Bette el Oscar a la mejor actriz de 1938, dirigida igualmente por Wyler, amante por aquel entonces de la estrella.


La obra escénica fue estrenada en 1939 por Tallulah Bankhead una de las reinas de Broadway, obteniendo un sonado éxito de crítica y público. Sin embargo esta actriz fue descartada para la adaptación a la pantalla, posiblemente por ser una desconocida para el público internacional ya que se prodigó muy poco en cine, su interpretación más famosa sería en la claustrofóbica “Naúfragos” (1944) de Alfred Hitchcock. El rechazo de la productora a su creadora original para interpretar el personaje que había hecho célebre en escena en favor de Bette, hizo que ambas actrices vertieran comentarios poco agradables la una sobre la otra en virtud del difícil carácter de ambas divas, iniciando una rivalidad histórica. Más allá de la anécdota mitómana hay que reconocer que Bette estuvo soberbia en el papel, realizando una creación absolutamente personal por la que obtuvo una nueva nominación al Oscar como mejor actriz de aquel año, aunque este fue a parar a manos de la dulce Joan Fontaine, hermana de Olivia de Havilland, por su interpretación de esposa amenazada en “Sospecha” de Alfred Hitchcock.


Sin duda alguna la fuerza de la película reside en la parte interpretativa, arropada por un plantel de actores formidable. A la estrella absoluta de la historia le acompaña un reparto de secundarios, que se cuentan entre lo mejor del cine de la época, entre los que se encuentran Herbert Marshall, un actor sobrio y contenido, que fue también el sufrido esposo de Bette en otro clásico inmortal "La carta" (1940), Dan Duryea, Richard Carlson o la excelente Patricia Collinge como la delicada y alcohólica cuñada de Regina, nominada al Oscar a la mejor actriz secundaria por su interpretación, al igual que Teresa Wright una actriz de extraordinaria sensibilidad que interpretaba a la inocente hija de la protagonista, moneda de cambio de los propósitos ambiciosos de la madre con el fin de alcanzar la posición social perdida.


La sabiduría de Wyler mantiene presente el espíritu de la obra teatral adaptadandola acertádamente al lenguaje cinematográfico, jugando sabiamente con la posición de la cámara en una historia repleta de diálogos y rodada prácticamente en un escenario único. Fijos en la retina cinéfila quedan escenas inolvidables, como aquella en que Regina deja morir de un ataque al corazón a su esposo mirándole con la frialdad propia de una arpía, mientras este agoniza suplicando que le acerque su medicina, una de las cumbres de la perversidad femenina en el cine que el talento de Bette Davis hace absolutamente convincente, o aquella otra en la que la protagonista permanece erguida en la escalera de la mansión, viendo como se aleja su hija, logrando su ambición personal pero siendo abandonada por el afecto de los suyos, castigando así sus intrigas carentes del menor atisbo de humanidad.

El filme fue nominado a los tres Oscars de interpretación femenina, principal y secundario, anteriormente mencionados, si bien no logró ninguna de las codiciadas estatuillas. Sin embargo Bette Davis fue nombrada presidenta de la Academia tras su intervención en esa película, convirtiéndose en la primera mujer que ostentó este cargo en la historia, aunque solo permaneció 8 meses en el mismo.


El papel de Regina se convirtió en uno de los personajes "bombón" que toda actriz deseó representar en adelante para el lucimiento sus cualidades dramáticas, siendo interpretado en escena a lo largo de distintas décadas por famosas actrices que intentaron emular el triunfo de sus predecesoras entre las que se encuentran Elizabeth Taylor, Anne Bancroft o Simone Signoret. En España lo llevaron a escena Nuria Espert o Marisa de Leza entre otras.

Un filme excelente e imprescindible dentro de la filmografía de Davis y Wyler, muestra magnífica de teatro filmado y del mejor melodrama de la época dorada.



jueves, 21 de abril de 2016

CON ACENTO ESPAÑOL... "EMBRUJO" (1947) CARLOS SERRANO DE OSMA... SURREALISMO FLAMENCO


Nos encontramos sin duda una de las obras más insólitas de nuestro Cine. Su director, Carlos Serrano de Osma, se caracterizó por explotar la experimentación del lenguaje cinematográfico por encima de los argumentos de sus películas. En este caso intentó abordar el mundo del flamenco desde una óptica completamente distinta a la habitual, alejada de falsos tópicos y tipismos, impregnando su esencia de un tratamiento demasiado surrealista que no fue bien entendido en su tiempo, condenando al filme al fracaso a pesar de contar con la pareja más popular de aquellos años en el género, Lola Flores y Manolo Caracol.



Lo cierto es que a pesar de las buenas intenciones del realizador por hacer algo distinto al trillado folklore tradicional de entonces, resulta un ensayo fallido que queda finalmente en tierra de nadie. Sin embargo debido a su pintoresquismo ha pasado a la historia como una pequeña joya de su tiempo y uno de los títulos más personales del periodo de postguerra, que sirve además como impagable documento para ver en acción a dos de las figuras más temperamentales del mundo de la copla y el flamenco, en su época de mayor esplendor.


Aunque el planteamiento cinematográfico impuesto por Serrano de Osma en la producción, no se centra en el lucimiento de la pareja protagonista, el genio de ambos es tan enorme que es imposible que este quede relegado a un segundo plano. La película ofrece la posibilidad de contemplar la recreación de algunos de los números más famosos interpretados por Lola y Caracol en sus espectáculos de aquellos años, como “La Salvaora” o “La niña de fuego”, permitiendo a las actuales generaciones ser testigos del arte imperecedero de dos artistas con mayúsculas que dieron días de gloria al teatro español de postguerra.



Lola Flores y Manolo Caracol, se encontraron por primera vez en la escena en el año 1943, cuando la jerezana contrata al “cantaor” para que le dé la réplica en el espectáculo “Zambra” que obtuvo un éxito apoteósico y los situó a ambos a la cabeza del panorama teatral durante toda la década de los 40. De este espectáculo salieron números tan célebres como “La Zarzamora” o “La Sebastiana” además de los anteriormente citados. El público los adoraba acudiendo enardecido a cada nuevo espectáculo. Para Lola supuso su despegue definitivo como primera figura de la canción y el baile español y para Manolo la consagración a nivel popular, ya que aun siendo un cantaor muy reconocido en su tiempo, su especialización en el “cante grande” no le daría la proyección que obtuvo a raíz de su participación en el mundo de la copla. El hecho de que incluso una marca de anís fuese bautizada con su nombre, da idea de la popularidad obtenida por la pareja en aquellos años.


La admiración artística trascendió al ámbito personal y sostuvieron una relación amorosa al parecer sumamente tempestuosa. La rumorología popular también se hizo eco de la vida íntima de dos seres tan temperamentales. Se habló de peleas, borracheras, reconciliaciones y continúas rupturas. Lo cierto es que la diferencia de edad existente entre ambos artistas, unido al éxito cada vez más emergente de Lola, despertaba los celos de Manolo llevando a la pareja a una situación cada vez más compleja. Protagonizaron “La niña de la Venta” (1951) dirigida por Ramón Torrado, donde su relación ya se encontraba bastante mermada y tras estrenar en teatro “La maravilla errante” la pareja se separó definitivamente, con gran pesar popular.


Como si se tratase de un cuento premonitorio todo esto se hallaba presente de algún modo en “Embrujo” que contaba la vida de dos artistas de variedades flamencas que decidían montar compañía propia obteniendo un gran éxito. Sin embargo Lola era contratada para actuar en solitario por todas las capitales de Europa, abandonando al “cantaor” que moría víctima del alcohol y la mala vida. Una Lola viejecita, de increíble peluca blanca, relataba su historia a una nueva promesa del baile frente a la tumba de Manolo, poniéndola sobre aviso de la esclavitud y miserias de la profesión.

Un título interesante a revisar, que se ha visto revalorizado con los años precisamente por su tinte surrealista  y carácter experimental, que lo alejan de la producción de la época, alzándose como uno de los filmes malditos tanto de su director como de la historia del Cine Español.